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Opiniones

Abel Falcón en el Laberinto de la Tarea Ordenamiento, o la Hora de los Mameyes.

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Abel Falcón es un popular periodista y presentador en los medios oficialistas de Villa Clara. Un pretendido látigo de lo mal hecho en la provincia, cuyo personaje ha sido diseñado desde los noventas para dar una cierta imagen de tolerancia ante la crítica, de parte de las instituciones gubernamentales.

Este jueves 28 de enero tuvo como invitados de su programa semanal en TeleCubanacán a los directores de las empresas provinciales de cárnicos, de la leche, de la Cadena del Pan, y de Pescavilla, una comercializadora de productos de la pesca.

El programa empezó transmitiendo las imágenes grabadas de Marino Murillo Jorge en una reunión, el pasado lunes, con la plana mayor de la provincia de Villa Clara. En ella el responsable máximo de aplicar la Tarea Ordenamiento explicaba que el límite superior impuesto a las empresas en la posible subida de precios a sus productos, de poco menos de cinco veces, era eso, un límite, no a lo que se tenía que subir absolutamente todo. Murillo, como era lógico, presentaba el asunto como una mala interpretación de lo orientado por una Dirección Central todo amor por su pueblo, heroico, que la mediocridad de los burócratas y empresarios medios no eran capaces de interpretar en toda su grandeza, sino de manera burda y pedestre.

Por ahí y en idéntico tono empezó precisamente Abel Falcón. Enfrentado a los cuatro directivos sentados en una especie de banquillos de acusados, mientras el periodista se movía por el estudio a la manera de un fiscal acusador, defensor del pueblo, que intenta mostrarse muy incisivo ante el público, en este caso televidente.

Empezó por cuestionar a los directores de las mencionadas empresas por haber subido sus precios hasta el límite, en contra de lo indicado por la “máxima dirección del país”, que compañeros nos llama: “a pensar como país”. A seguido, para calzar su diatriba populista, presentó las imágenes grabadas esa mañana en que personas entrevistadas en la calle opinaban escandalizados de las subidas de precios de los productos cárnicos, lácteos, del mar o elaborados con harina de pan.

A seguido de las imágenes Abel Falcón quiso entrar en casos particulares de productos. Solo que con tan mala pata que empezó por el queso fundido, y por tanto por la empresa láctea. Ni tardo, ni perezoso, el director de esa empresa le aclaró que la subida del queso fundido, como las de casi todos los productos que se elaboran en ella, habían sido adoptados por una decisión del nivel “central del Estado”, y por tanto por la misma oficina del mismísimo Marino Murillo.

Aminorando su actitud de fiscal defensor del pueblo tras encontrarse con un nivel al que no se atrevía cuestionar, Abel intentó recuperar su pose cogiéndola con el más “infeliz” del grupo: el directivo de la empresa cárnica. Solo que de nuevo con muy mala suerte, porque empezó nada menos que con el precio de la mortadella que elaboran allí.

¿Cómo es, se preguntó en su estilo de Cayo Graco, que una libra de mortadella vendida por el Estado cuesta 70 pesos, cuando la libra de carne de cerdo que venden los privados solo 60? A lo que el director de la empresa cárnica, un cuadro no tan atrevido como el tipo de las leches y los quesos, tras unos iniciales devaneos, arrinconado por un Abel cada vez más exaltado en su indignación ante “semejante disparate”, le respondió a media voz que la mortadella se produce haciendo uso de harina de pan, que el nivel central del Estado le vendía ahora casi 20 veces más cara…

De inmediato, tras la respuesta, el camarógrafo se enfocó en el gesto congelado de Abel Falcón. Esto marcó a partir de ahí la tónica de lo que restaba de programa, con un Abel Falcón inmóvil en un rincón del estudio, abandonada su actitud superior, temeroso de transgredir límites de crítica que le están vedados, y con los directivos en cambio a la ofensiva, en una discreta rebelión, quejándose del ningún margen que les dejaban los nuevos precios impuestos desde arriba, como los de la energía eléctrica.

En un momento el balbuceante Abel intentó recuperar el control al señalar que no se le podían transferir costos al pueblo, que lo que había que fijarse en las infladas plantillas de las empresas, en los excesos de personal no directo a la producción en las oficinas. Comentario que le fue interrumpido por una seña evidente de la otra periodista, que en el estudio se encarga de atender las redes sociales, y del que implícitamente se retractó unos minutos más tarde, cuando sin venir a cuento soltó que en Cuba no se aplicarían jamás “medidas neoliberales”, que en Cuba nadie sobra… y así por el estilo durante el único medio minuto de exaltación populista que se le vio liberar en la media hora que le quedaba a su programa.

El programa manifestó frente a cámara algunas de las contradicciones en que se encuentra trabada la Tarea Ordenamiento. Para la empresa estatal socialista, obligada a ser eficiente y autogestionarse, o cerrar, pero atrapada entre los precios de muchas de sus materias primas aumentadas hasta veinte veces, mientras a ellas a su vez se las cuestiona por usar el límite de cinco veces para sus aumentos, y para colmo impedidas por motivos ideológicos, que ya no van a sus cuentas, de la posibilidad de aligerar sus plantillas.

Y sin duda mostró en público el callejón sin salida en que se encuentra el periodismo oficialista, que ya no puede acallar el reclamo popular de que no son los productores privados los únicos que han elevado sus precios, sino por sobre todo ese todopoderoso Estado al que los periodistas oficiales se deben, y al que no pueden criticar a lo profundo so pena ya no de perder sus tribunas, sino incluso sus privilegios. Que en el caso de Abel Falcón Surí, un hombre de la camarilla de Miguel Díaz-Canel, no son pocos…

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