Canibalismo y otros extremos. Los cubanos y las teorías de conspiración.

McGarvey/Bloomberg/Getty Images

Serie Regresar a Miami

Parte 1 – Cuban Anon

Una amiga, excelente persona, publicó un análisis de más de veinte páginas que pretendía exponer una red de tráfico sexual infantil, pornografía y canibalismo. El artículo incluye a Hillary Clinton, Tom Hanks, Marina Abramović, negocios multinacionales y pizzerías locales como parte de la macabra conspiración. Considero que es un error ridiculizar este artículo y descartarlo como otra teoría que se apagará cuando no pueda enfrentarse a los hechos y la vida real. La proliferación de las teorías de conspiración entre los cubanos ha sido mi mayor shock al regresar a Miami después de diez años viviendo fuera.

Las ideas parten de un movimiento llamado QAnon, que tiene cientos de miles de seguidores, treinta y cinco candidatos al congreso y diez congresistas que se han adherido a sus directrices. Q es un código nacido en las redes que representa a un supuesto oficial de la alta inteligencia, un profeta anónimo que anuncia la lucha final entre el bien y el mal. El bien es Trump, elegido por las fuerzas del ejército para eliminar de una buena vez al Deep State (Estado Profundo) que controla a Estados Unidos desde la muerte de JFK. Acusan en particular al partido demócrata y a Hollywood de abusar y comer niños. Suena fácil poder desmentir todo esto, pero no lo es; miles de personas contribuyen a la teoría con videos, artículos, imágenes manipuladas. Además, los algoritmos de las redes sociales están diseñados para crear grupos de afinidad y mostrarle lo que buscan, entonces, una vez que alguien se inclina a las teorías de Q, es bombardeado una y otra vez con material generado por sus militantes. Se pueden desenmascarar uno o dos videos, pero no miles. ¿Cómo se puede probar que algo no existe? Es como si un Dios macabro habitara en el internet.

Los seguidores de QAnon parecen creerse genuinamente todo lo que Q profesa, y muchos de ellos cuentan sus historias con lágrimas en los ojos. Aseguran, por ejemplo, que Obama es un musulmán que quiere convertir a Estados Unidos en una nación islámica.

El cuatro de diciembre del 2016, Edgar Maddison Welch, un hombre de 28 años de Carolina del Norte, llegó a Comet Ping Pong, una pizzería en Washington DC donde Q aseguraba que Hillary Clinton tenía a niños abusados en el sótano, y disparó tres veces su AR-15 contra el local, que no tenía ni sótano ni niños abusados. Welch reconoció su error y fue sentenciado a cuatro años de cárcel.

Este no ha sido el único incidente. Las teorías de Q han levantado protestas considerables, han alegado que el Covid-19 es una excusa de la izquierda para mantenernos a todos encerrados mientras ellos trafican niños; estas ideas se han esparcido a otros países. El presidente Trump ha retwitteado noticias de Q decenas de veces y los creyentes de QAnon son de los grupos más visibles en sus paradas de campaña. Mientras tanto, el FBI ha alertado que QAnon tiene el potencial de convertirse en una organización de terrorismo doméstico debido al alto número de cargos atribuidos a sus militantes, incluyendo asesinatos.

Amigos y conocidos, compatriotas cubanos, gente categóricamente buena, han compartido noticias asegurando que Obama será arrestado en estos días por sus crímenes, que Hillary, Biden, Soros y Gates se encuentran ya en prisión en Guantánamo.

En perfiles cubanos en las redes sociales he visto pocas discusiones sobre las políticas del país comparadas con la cantidad de noticias sensacionalistas compartidas. Las acusaciones de ser comunista van y vienen, quienes votaremos por Biden somos acusados de ser comunistas y los que votarán por Trump de ser fascistas. Aquello de levantar el teléfono y conversar con respeto y encontrar puntos medios es muy difícil cuando un lado acusa al otro de pedofilia y canibalismo. En cierto modo, todo esto es la conclusión lógica de la internet, plataforma por la cual se esparcieron teorías de conspiración tanto de derecha como de izquierda, como que Bush derribó las torres gemelas o que Obama no había nacido en Estados Unidos.

Vivo en Nueva York, una comunidad progresista donde la mayoría acepta la ciencia que alerta una crisis medioambiental, que la desigualdad es una amenaza a la democracia y que mejorar la salud y la educación son nuestras prioridades. Las conversaciones con mis amigos oscilan sobre cómo resolver estos problemas y mantener las libertades humanas y la democracia. Vivo también entre mucha gente que no tiene muy claro que Cuba es una dictadura y batallo por hacerles entender que, a pesar de matizar sus defectos, en realidad es un país totalitario y sin libertades. Estas son conversaciones posibles, nadie me acusa de ser parte de una organización secreta que busca erradicar la democracia, destruir la institución del matrimonio y crear un estado comunista.

Nuestros debates se están haciendo irreconciliables gracias a la deshumanización de quien no piensa como tú y la diseminación de estas ideas extremistas a través de las comunidades en las redes. Estamos perdiendo la razón porque nos llenan de miedos y, mientras más extremistas somos, más likes tenemos.

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