El 2020 y la grandeza del hombre común

«un hombre bueno puede ser un espectáculo tremendo»
Eliseo Diego

I

Algo común a la educación y la transmisión de valores de la mayoría de las culturas es hacer honor y rendir tributo a lo que entendemos como seres humanos extraordinarios. 

Hemos sido educados en la veneración y reverencia a monarcas, profetas, héroes, grandes pensadores y artistas, diestros guerreros y valientes descubridores. Todos ellos han hecho la Historia, han definido el bien y el mal y han condicionado nuestra forma de ser y nuestras expectativas.

Los únicos personajes simples que han trascendido y se han inscrito en el imaginario popular nos han sido legados por la literatura y la ficción, pero los seres humanos normales, comunes, no han sido los premiados en la realidad. En la realidad se ha impuesto la necesidad de ser duro, único e inigualable, de ahí que el desarrollo de los Estados y las naciones haya buscado entre los hombres y mujeres especiales para construir su dominio narrativo y convertirlo en ley.

No es raro entonces que la Historia y los sistemas sociales hayan tenido poco o ningún espacio para los padres y madres simples, para los hijos y trabajadores anónimos, para los que han hecho del esfuerzo constante pero discreto y la corrección una actitud ante la vida. Esos seres simples y normales solo han sido parte de la tribu, del pueblo, la nación o la sociedad, a pesar de que es ahí, en esa aparente simpleza, donde se ubica la mayoría.

Quizás estemos asistiendo al fin de lo extraordinario tal y como lo conocemos y en su lugar se nos presente la estandarización del hombre, en su reiterada insignificancia, gracias a la banalidad de lo que hoy se considera exitoso o heróico -para bien y para mal. 

Este es un período nihilista que de alguna manera niega a los héroes clásicos, y ese resultado no es del todo negativo aunque tampoco el paraíso tantas veces prometido por religiones, ideologías, estados modernos, partidos políticos o figuras emblemáticas. 

En las últimas décadas esos héroes o seres extraordinarios han cambiado sustancialmente. De un lado ya no se es héroe por los valores comunitarios que entregas. Si no lo creen, pregúntenle a un maestro primario, a un guardabosques, a cualquier activista social o de una ONG, pregúntenle a un promotor de los derechos humanos, a un defensor de minorías o a una madre soltera con varios hijos pequeños. Pero del otro, tenemos a los nuevos soberanos, a los paradigmas de la hiperconectividad, a los que apelan a la concentración y explotación de la individualidad, al exitismo personal, al escándalo mediático; a la cantidad de dinero y la fama que se logre acumular sin importar a razón de qué. Los casos son harto conocidos.

II

Hace apenas unos días Obama recordaba la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, aquel documento que no era perfecto pero que en su seno contenía ideas, principios y espacios para su desarrollo gradual. Era insostenible afirmar que «todos los hombres nacemos iguales» mientras se mantenía la esclavitud. Aquello tenía que acabar pues nacía con una contradicción inaceptable. En su alegato, Obama también mencionaba que, como en aquel periodo, ahora «no estamos en una época normal». 

Y es interesante detenerse en ese enunciado. No es un período normal porque fuerzas extremas, que contradicen y niegan los valores y principios del sistema y el progreso, han tomado el control de importantes posiciones y han socializado y legitimado esas posturas. 

Un día después, Joe Biden pronunció el discurso de su vida en la aceptación de su candidatura como contendiente demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Y le quedó bien, a pesar de sus años, de lo calientes que han estado por estos días plateas y micrófonos, de las expectativas creadas. No solo no desentonó sino que tuvo palabras y momentos destacados. Pero acá rescato por sobre otros hechos que en todo momento se lo vio como un tipo común. 

III

Joseph Robinette Biden Jr., o Joe Biden, a secas, es un hombre normal llamado a revertir un momento que está lejos de ser normal, en una especie de paradoja que nos recuerda a las vacunas y sus principios activos. O sea, que este grupo haya decido regresar a la normalidad apostando a uno de sus elementos más normales no deja de ser una opción en la que valdría la pena pensar.

Confieso que no deja de ser una apuesta peligrosa y que el demócrata de Scranton, Pensilvania, no estaba siquiera entre mis cinco primeras opciones. Luego recordé que cualquier candidato me vendría bien siempre que lograra sumar una fuerza crítica homogénea pero diversa que ofreciera reales posibilidades de triunfo -algo para lo que aun no tengo respuestas concluyentes-, y fue justo ahí que empece a cambiar mi anterior opinión. 

No creo necesario llenar a Biden de adjetivos. No tanto porque les sean merecidos o no sino porque tal vez sería una virtud, una necesidad, apostar por un hombre normal en medio de tanto ego, narcisismo y megalomanía. 

Luego me convencí de una idea quizás romántica pero que contiene valores éticos: ser un hombre normal hoy debería conmover y no asustar pues es un sinsentido temerle a lo que somos, y ese candidato y su equipo se parecen más a esta nación que sus oponentes. 

Un hombre normal no es otra cosa que alguien consciente del mundo que le tocó vivir, en el que le tocó actuar, pero que no busca anteponer su Yo a la sociedad sino sumar su individualidad a todas las demás. 

En este caso hablamos de alguien que ha enfrentado situaciones tan terriblemente normales, que ha recibido tantos golpes, como el más oculto ilegal que hace dos décadas no ve a sus hijos y en la lejanía perdió a sus padres y amigos.

Biden ha sido un tipo extraordinario dentro de esa clase, llamémosle «política», porque, alejado de escándalos, llenó sus cinco décadas de servicio público de normalidad, de buenas acciones y de compromiso con su país y la nación americana toda, tendiendo puentes que siempre fueron más allá de su grupo político.

Ya sé que lo anterior puede sonar complaciente pero asumo ese riesgo porque además de ser lo que tenemos, y esto ya contiene un valor absoluto, en algún momento habrá que poner un stop a tanto narcisismo, farándula y egolatría; a todo lo que convierte en héroes a culos y labios redondos, a goles fastuosos y a personajes histriónicos pero pocas veces, o casi nunca, a amas de casa y trabajadores comunes, a maestros de toda la Unión, a soldados en parajes lejanos, a obreros y profesionales anónimos, a politicos o activistas simples pero honestos, que son en verdad quienes sostienen un país y una nación. Alguna vez les tiene que tocar a los que hasta ahora han sido una mayoría anónima de tan simples. Y Biden claramente tampoco lo es pero se les parece más y está hablando por y para ellos, como acaba de hacer en su reciente presentación en Pittsburgh, Pensilvania. 

IV

Pero hay algo más. Políticamente hablando, y referido a este peculiar y peligroso momento, Biden pudiera expresar la discreta virtud de los hombres que comandaron transiciones. Seres que no eran ni los más brillantes ni los más valientes ni los de mayores honores pero que tenían un valor insuperable para los momentos extremos: no molestaban, no levantaban heridas, no profundizaban conflictos, no polarizaban, sino al contrario. Esos hombres llenarían una lista de seres que en sus inicios eran discretos, tranquilos, normales, pero que fueron insustituibles para salir de escenarios crispados y peligrosos. 

Pensemos en lo que significaron Adolfo Suárez en España, Raul Alfonsín en Argentina, Tancredo Neves y José Sarney en Brasil, Frederik de Klerk en Sudáfrica, incluso Mijail Gorbachov en la Unión Soviética. La virtud de todos ellos radicó en facilitar y promover un cambio en las estructuras políticas, institucionales y sociales sin necesidad de recurrir a más revueltas, conflictos, revoluciones, guerras y muertes.

En Estados Unidos necesitamos un gobierno de transición, un gobierno de inclusión, que nos saque del culto al decreto, que haga honor a las virtudes de la política, la capacidad de escuchar al otro, de generar consensos y alcanzar acuerdos. Solo así saldremos de un debate ideologizante, manipulado, impuesto y falso que no va a ninguna parte y que nos mantendrá muy entretenidos pero en franca rispidez, inacción y segura decadencia pues ningún país sale adelante con una sola de sus partes. Todos los que lo han intentado han ido al fracaso y llenado de miseria, divisiones y muertes sus experiencias, a izquierda y derecha.

Para mí es una buena noticia que quienes nos representen se parezcan a nosotros y no pretendan emular a dioses inalcanzables de tan rebuscados y únicos. 

Y en tiempos como estos, con amenazas extraordinarias como estas, estar frente a un hombre normal, comprometido a dar lo mejor de sí, a no dejar a nadie detrás y a incluir, es algo bueno y conmovedor.

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