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El legado podrido de Donald J. Trump para el conservadurismo americano

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El presidente Donald Trump abraza la bandera de los Estados Unidos cuando llega para hablar en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) anual en National Harbor, Maryland, el 2 de marzo de 2019. Nicholas Kamm / AFP / Getty Images

¿Cuáles serán las principales consecuencias de esta irreflexiva campaña de Donald J Trump para desacreditar a las instituciones electorales americanas y, por extensión, las republicano-democráticas?

Paradójicamente, quizás las peores consecuencias sean para el Partido Republicano en particular, y para el movimiento conservador en general.

Primero: La fractura del conservadurismo americano. En los próximos días, tras un 6 de enero en que numerosos republicanos le negarán su apoyo a las acusaciones de fraude del Presidente, probablemente veremos cómo un sector importante del Partido se separa del otro, para poner tienda aparte, como el partido de los seguidores de Trump. Esto, de ocurrir, será un golpe mortal al Partido Republicano y sobre todo al movimiento conservador.

Tengamos presente que el Partido se sostiene en gran medida sobre la base electoral blanca “anglosajona” del conservadurismo y sobre la defensa de unos valores “americanos”, que en los imaginarios de esa base resultan contrapuestos a los de las minorías étnicas afroamericana y “latina”. Mas la inevitable evolución demográfica de los Estados Unidos en los próximos años habrá de reducir la magnitud porcentual de esa base, al tiempo que aumenta la proporción de latinos con respecto a la población total. Por lo que sin duda el futuro del conservadurismo y del Partido Republicano, aun sin esa probable división, ya resultaba para nada promisorio, a menos que el primero abandone en algún momento lo esencial de su discurso “nacionalista”, algo muy improbable. 

Una estrategia en esa dirección de ampliar sus bases ha sido tratar de ganar en sus filas a los latinos con menos cultura política democrática y que cargan con una traumática experiencia personal en sus países de origen con viejos y nuevos socialismos. Los cuales tienden a tomarse muy en serio las acusaciones de “socialistas” que los conservadores lanzan sobre sus oponentes. No sabemos, sin embargo, cuánto pueda sostenerse esta estrategia superficial, ad hoc, con o sin Trump.

En realidad, sin una estrategia a largo plazo para ampliar sus bases, lo único que en un escenario de fraccionamiento mantendría las posibilidades políticas del conservadurismo sería el que en el Partido Demócrata, ya sin la presión cohesiva de otro partido competidor fuerte en un sistema bipartidista, ocurra un quiebre semejante. Lo cual, por cierto, no es algo tan poco probable dadas las evidentes diferencias entre las dos alas del Partido Demócrata.

Lo cual sería el fin del tradicional sistema bipartidista americano. En cuyo caso hipotético, habría sido el partido que está por el respeto a las tradiciones, por sobre cualquier otra consideración, quién al dividirse habrá puesto en marcha el proceso de su desaparición.

Segundo: El sistema de Colegio Electoral actual, sin el cual los republicanos ya no podrán aspirar nunca más al Poder Ejecutivo, y mucho menos a volver a ser mayoría en el Congreso (de también elegirse los Senadores por cantidad de población y no por Estados, como hasta ahora sucede), ha quedado tan desprestigiado por los mismos que más lo necesitan, que sin duda es probable que no sobreviva a la década que acaba de empezar.

Destaquemos de nuevo cómo han sido los defensores de darle más poder a lo Estadual, a costas de lo Federal, quienes están contribuyendo ahora más que nadie a cuestionar uno de los poderes más preciados de los Estados: el ocuparse de las elecciones federales.

O sea, Donald J Trump no solo ha resultado una desgracia para el prestigio y el lugar preponderante de los Estados Unidos como el hegemón global, sino que incluso cada vez es más evidente que también lo será para el propio Partido que lo llevó a la presidencia, y en general para el conservadurismo. Movimiento que en cualquier caso, para sobrevivir incluso cohesionado como un solo partido, tendrá que renunciar a mucho de su discurso étnico, para poder incluir ya no solo a un sector limitado del electorado latino.

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