La recta final

Tres días nos separan de la elección. En este momento ya está decidida, ya existe un ganador aunque aún no tengamos un resultado. La inmensa mayoría de los votantes decidieron hace semanas o meses por quién iban a votar. Los votantes indecisos son la mitad del número de los que lo eran en el 2016, y la mayoría está en estados donde no decidirán la elección –lejanos están los días del 2012 donde Romney cifraba sus últimas esperanzas en una pseudoteoría nunca probada “los indecisos se decantan por el retador”. Si no ha votado, trate de hacerlo este fin de semana para evitar las filas el martes, que prometen ser largas. Si ya ha votado, es momento de hacer todo lo posible no para convencer sino para impulsar el voto de otros. Aunque la elección ya esté decidida en las mentes de los votantes, el acto de votar con todos sus obstáculos es el paso más importante. Las campañas locales necesitan ayuda con llamadas, mensajes de texto y voluntarios en los centros de votación (aquí puede encontrar cómo ayudar con los esfuerzos de los demócratas en Miami.)

¿Qué podemos esperar en esta recta final? Primero, se ha acabado el tiempo para una tradicional “sorpresa de octubre”, el escándalo de turno que descarrila a un candidato. En el 2016 fue la carta del director del FBI James Comey, diciéndole al Congreso que se reabría una investigación sobre los correos electrónicos de la candidata Clinton. El efecto de esta carta, medido en el análisis de las encuestas por Nate Silver del sitio fivethirtyeight fue más que suficiente para que se estrecharan los márgenes de votos en los tres estados claves que le dieron la victoria electoral a Donald Trump. La sorpresa de este año iba a centrarse en el hijo del candidato Biden pero todos los esfuerzos de los republicanos en conseguir que el “escándalo” agarre tracción se han evaporado por la ineptitud de los encargados de echarlo a rodar —Guiliani, Bannon, la camarilla de Fox News– y por la exasperación de un público saturado de mentiras de Trump. Fuera de su fiel base, nadie le ha prestado el menor oído.

Segundo, en lugar de la sorpresa de octubre tenemos este año la sorpresa de noviembre: la asistencia récord de votantes a las urnas que se espera pase de los 150 millones, cifra jamás vista y que denota el interés, entusiasmo y hasta desesperación provocado por los cuatro años de desgobierno de Trump. Ya se veía venir desde las elecciones de medio-mandato del 2018 donde una oleada de votantes colocó a los Demócratas en control del congreso, y de las primarias el año pasado igualmente concurridas. Este año además la pandemia ha tenido el efecto de adelantar los conteos, con cifras récord de votos por correo y en votación temprana. En varios estados como en Texas ya se ha superado el número de votos comparado con el total de 2016. Otro resultado interesante es la proporción de los votantes más jóvenes (menores de 30 años) que normalmente es el segmento más apático. Este año ya han votado en una proporción mayor que el triple que en el 2016. Todos estos indicadores dan la ventaja a los demócratas, que se tradicionalmente  se benefician mientras más y más jóvenes sean los votantes.

Tercero, la reticencia a pronosticar por parte de los expertos y de los medios va a continuar hasta el último momento. Seamos sinceros, en cualquier otra elección donde las encuestas le han dado a una candidato una ventaja estable desde meses, ventaja que no se ha reducido nunca al margen de error de las encuestas, el tono sería diferente y la mayoría estuviera augurando la victoria. Joe Biden está en una posición el doble de favorable que Hillary Clinton en el mismo momento antes de la elección: 4% en 2016 contra 8.8% hoy, según fivethirtyeight. No se hable ya de la ventaja de Biden en los estados swing, incluso en estados que han votado republicano en las últimas décadas como Georgia o Texas el margen se ha estrechado a punto de que están en juego. Estadísticamente, es mayor la probabilidad de que Biden obtenga casi 400 votos electorales que la de que Trump gane. Y sin embargo el fantasma del milagro del 2016 –porque fue un milagro que Trump ganara los estados de Wisconsin, Pennsylvania y Michigan por menos de 1% cada uno– sigue con nosotros. Este temor nos va a tener en vilo hasta las últimas horas de la noche el martes 3 (soy de los que cree que la elección se va a decidir ese día, a pesar de todos los esfuerzos de Trump por ponerla en duda.)

Esta será mi sexta elección en EEUU. Cada elección se dice que es la más importante, pero esta sí tiene ese gravitas. A juego están cuatro años más de un gobierno que ha dado al traste con las normas civiles y políticas del sistema norteamericano, sumamente dañino para el medio ambiente, las relaciones internacionales, los emigrantes y minorías y culminando con el manejo criminal de una pandemia que ha matado más de 200,000 estadounidenses o un gobierno que necesariamente será de transición a una clase política más joven y la oportunidad de reponer a EEUU en una posición de líder hacia el progreso. No puede ser más claro.

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