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La tarde en que muchos cubanos vieron a “Antifa” saquear el capitolio llevando banderas de Trump2020…

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OLIVIER DOULIERY/AFP via Getty Images

Cuando las carabelas de Cristóbal Colón y otros expedicionarios llegaron a las costas del nuevo continente, es posible que los indígenas no las distinguieran como algo relevante en el horizonte. Después de todo, no tenían referente alguno de una embarcación similar y, por lo tanto, su capacidad cognitiva estaba limitada. No trato de comparar a los seguidores de Trump, que cuentan con Internet y toda la información disponible en el mundo moderno, con los aborígenes; pero es importante comparar cómo sus mentes rechazan la realidad misma que se presenta ante sus ojos. 

El trumpismo ha sido un movimiento populista, conspiranoico y antidemocrático desde sus inicios. 

Fue populista porque se basó en la figura de Donald Trump e intentó eliminar los mecanismos del estado democrático que lo había precedido. Así sucede con todos los populismos: un líder carismático le vende a sus seguidores que él y sólo él, sin los controles históricos al estado democrático, puede resolver alguna cuestión que afecta al pueblo. La clave es que el líder populista acaba obteniendo el monopolio de la autoridad política, por encima de los mecanismos representativos y, por lo tanto, comienza a ejercer un poder prácticamente ilimitado. Trump aspiró desde su primer día al poder irrestricto, castigando duramente a sus críticos y etiquetando a sus adversarios como “enemigos del pueblo”, a la prensa libre, los políticos y empresarios y hasta figuras de reality shows.

Fue conspiranoico, porque gran parte de su base se sostuvo en mecanismos cultistas como las teorías de la conspiración.  Sólo mencionemos el conocido grupo QAnon, que fanatizó a millones de personas (no es exageración), con la idea de que la élite política norteamericana practicaba el culto satánico, traficaba menores de edad y que, de todas las personas… Donald Trump organizaría el “día de la tormenta”, una fecha para apresar a todos los globalistas. Trump mismo retuiteó más de 250 mensajes de los QAnon, así como lo hicieron sus familiares y ayudantes. A su vez, el trumpismo explotó a los medios conservadores para hacer creer a sus otros seguidores de que había una “izquierda radical”, que controlaba a Joe Biden y, por lo tanto, acabaría con el capitalismo. Esta segunda teoría, que aterrorizó a los hispanos conservadores principalmente, no fue tan diferente del QAnon.

Fue antidemocrático, por su continuo esfuerzo en socavar las instituciones democráticas: la prensa libre, las cortes, el propio Congreso. Trump no creía en criterios opuestos, ni críticas. Si lo cuestionaban, te ganabas un twit personal y ni los familiares de los héroes de guerra se libraron de sus mensajes de odio. Seguidores de Trump ocuparon edificios federales con anterioridad y hasta llegaron a planear el secuestro de la gobernadora de Michigan. Trump ha sometido a los Estados Unidos a su período de mayor tensión política y desconfianza en sus propias instituciones, probablemente desde la guerra civil, que ha tenido su clímax en el saqueo del capitolio en la capital de los estadounidenses.

Este fue el movimiento al que se sumaron miles y miles de cubanos, tanto desde la isla como en los propios Estados Unidos. Reproduciendo los mismos patrones autoritarios de los que muchos afirmaron haber escapado, se sumaron al culto, como quien es incapaz de ver los barcos que te alertan de una catástrofe en el horizonte marino. Esto fue posible debido a una maquinaria mediática muy bien financiada y dispuesta a lo que fuera. Como en todo culto efectivo, les mostró dónde proyectar todos los temores y acusaciones: “Antifa” o “BLM”, aislados en “cámaras de eco” donde sólo reciben mensajes filtrados y prácticamente idénticos.

Es por esto tan fácil prever que cuando los verdaderos seguidores de Trump, saquearon el capitolio delante de sus propios ojos y oídos, llevando estandartes de Trump2020 y mostrando sus caras de habituales activistas de la extrema derecha, aún así, los cubanos seguidores de Trump decían que se trataba de “Antifa” o “BLM”. 

No sabemos si cuando Trump convocó y motivó a los supremacistas blancos y terroristas domésticos a saquear el capitolio, estaba dispuesto a llegar a algo más, sobre todo si las fuerzas superaban sus expectativas. Tampoco sabemos si aspiraba a intimidar a los congresistas al punto de que revirtieran el resultado de las elecciones. Quizás es hora para esos cubanos de reconocer lo evidente: Trump no es lo que pintaron sus propagandistas. Donald es simplemente un populista corrupto, oscurantista y antidemocrático, que acaba de intentar un golpe de estado contra “esta gran nación” que tanto ustedes defienden. 

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Soy graduado de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana y MBA por la Universidad Católica de Murcia, España. Escritor a tiempo parcial, emprendedor y observador crítico. Vivo en Miami y aspiro a la reconciliación de los cubanos.

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