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La Victoria de Biden no garantiza una nueva normalización

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Autor: Luis Carlos Batista

Texto originalmente publicado en El Toque

 

El daño está hecho. Aunque es considerado por los resultados no oficiales que Joe Biden será juramentado como nuevo presidente de los Estados Unidos el próximo 20 de enero, la estrategia electoral de Donald Trump hacia la comunidad cubanoamericana ha dado resultado.

Cuba estuvo tan presente en la contienda electoral en Miami que en ocasiones parecía un mitin en La Habana. El cambio de régimen en Cuba y Venezuela ha retornado a ser la gallina de los votos de oro para el Partido Republicano.

Joe Biden, a pesar de obtener más votos en el sur de la Florida, no obtuvo suficientes boletas para contrarrestar las zonas rurales del estado. De hecho, en estas elecciones, Donald Trump sumó 200.000 votos más en el condado Miami-Dade con respecto a 2016. Así que puede afirmar que la movilización del voto latino, principalmente cubano, le entregó Florida.

Trump ha sabido manipular los sentimientos de esta comunidad sin realizar ninguna concesión política importante, en especial aquellos que tienen lazos con Cuba y Venezuela. No aprobó el estatus de protección temporal (TPS por sus siglas en inglés) o alguna vía para la regularización de miles de venezolanos en Estados Unidos, y mantiene a miles de refugiados cubanos en cárceles migratorias al tiempo que elevó la cantidad de deportaciones hacia el archipiélago. Muchas de las decisiones de máxima presión contra Cuba las desarrolló en medio de la contienda electoral.

El ambiente tan polarizado en la “capital del exilio” es una llamada de atención para cualquier partido. Los republicanos seguirán explotando las pasiones viscerales contra el Gobierno en Cuba para objetivos domésticos, y es probable que los demócratas vean esto como una precaución para distanciarse de políticas que puedan ser tomadas como comprometedoras en las encuestas.

Si bien Obama fue artífice del restablecimiento de relaciones diplomáticas, solo lo hizo cuando ya no quedaba ninguna otra elección durante su mandato y las encuestas en Miami favorecían un acercamiento. A pesar de que la normalización de relaciones es hoy una política partidista de los demócratas, las encuestas no reflejan las mismas posiciones que en 2014.

Es muy importante señalar que los republicanos Carlos Giménez y María Elvira Salazar, célebres por su oposición a cualquier diálogo con La Habana, destronaron a Donna Shalala y Debbie Mucarsel-Powell. Esto deja sin congresistas azules en Washington al condado Miami-Dade y aumenta a siete el número de cubanoamericanos en el 117º Congreso, una cifra que hace muy difícil imaginar que alguna política hacia Cuba se ejecute sin consultarles o negociar con algunos de ellos.

Entre estos miembros del Congreso, todos son partidarios de mantener el sistema actual de sanciones y dos de ellos mantienen un papel preponderante. Los senadores Bob Menéndez (D-NJ) y Marco Rubio (R-FL) son segundo y tercero en importancia, respectivamente, en el Comité de Relaciones Exteriores del Senado. La relevancia de ambos es que Bob Menéndez sería el presidente del Comité en cuestión si los demócratas logran mayoría. De mantenerse el control republicano, Menéndez mantendría su posición de segundo, y Rubio seguiría como líder del subcomité encargado del hemisferio occidental y con la mira puesta en dirigir los asuntos de política exterior desde el Senado de los Estados Unidos. Si bien Jim Risch (R-ID), actual líder del Comité, podría tener presión de los granjeros de su estado para permitir mayor comercio con Cuba, es muy poco probable que contradiga a los miembros de su Comité de origen cubano: Menéndez, Rubio y Ted Cruz (R-TX).

Según la encuesta 2020 sobre Cuba de FIU, tal vez la más prestigiosa para reflejar el pensar cubanoamericano en Miami, alrededor del 64 % de los entrevistados está de acuerdo con la política migratoria restrictiva de Donald Trump, y el 67 % con su política de enfrentamiento con el Gobierno cubano. De hecho, entre aquellos cubanos que no son ciudadanos aún (lo cual supone que muchos no cumplen aún cinco años de residencia en los Estados Unidos), alrededor del 60 % apoya el embargo/bloqueo contra Cuba. Entre estos últimos, alrededor del 90 % mantiene familia en el archipiélago. Lo irónico es que este bloque de cubanos recién emigrados son los más favorecidos por la política de acercamiento entre ambos países.

El éxito del Partido Republicano es que ha recalado el mensaje de pintar a Biden (un político moderado tradicional) y al resto del Partido Demócrata como socialistas al estilo Chávez, Maduro o Castro. El apoyo de celebridades locales a los conservadores fue decisivo entre un sector demográfico que consume un reducido coctel de medios de comunicación, la mayoría sin los estándares del periodismo profesional.

Esta asociación desarrollada entre el Partido Republicano y algunos medios alternativos ha resultado ser un matrimonio perfecto y asemeja el estilo trumpista de la política como espectáculo. Los políticos conservadores han atraído una nueva oleada de cubanos a través de estas celebridades locales que explotan sus frustraciones contra el Gobierno de La Habana. Al mismo tiempo, los sensacionalistas locales consiguieron poderosos mecenas. Por lo tanto, no es de extrañar el incremento del mensaje de extrema derecha en el sur de la Florida y su asimilación por algunos latinos.

Irónicamente, los que apoyan un boicot contra la normalización de la diplomacia entre ambos países son, por lo general, los que más estrechas relaciones tienen con la sociedad cubana. El cubano promedio que consume propaganda de extrema derecha fue criado en Cuba, viaja a la isla una o más veces en el año y envía remesas. Muchas veces expresa desdén por políticas sociales, pero al mismo tiempo aspira al Medicaid o el Madicare. De igual manera, ha descubierto que la tenencia irrestricta de armas es tan importante como ostentar el carro que maneja.

En una y otra orilla, el Partido Comunista y el Partido Republicano han desarrollado las mismas estrategias en cuanto a lidiar con el contrario: da igual si es tomar por asalto uno de los salones de las Naciones Unidas o el Capitolio estatal en Michigan, intentar acallar a un orador en el Consejo de Derechos Humanos o en el Comité Judicial de la Cámara de Representantes, o impedir la concentración pacífica de manifestantes. El odio hacia el contrario ha carcomido el discurso político en ambos partidos. De un lado “garrapatas de potrero, marionetas asalariadas” y del otro todo lo peor del mundo se resume en la palabra “comunista”. El objetivo es el mismo: deshumanizar y evadir el diálogo.

Para el Partido Demócrata es importante eliminar de la agenda un tema tan obsoleto como es el conflicto con Cuba. Si bien la discordia es la raison d’être del Departamento Ideológico del Comité Central y Radio TV Martí, seguir financiando la propaganda de odio basada en Miami y financiada con el dinero de los contribuyentes norteamericanos solo atenta contra los intereses de ambas naciones. El precio para alcanzar la preferencia política de unos cuantos no puede ser el sufrimiento de las familias.

La política exterior de la nueva administración hacia Cuba probablemente será basada en eliminar sanciones contrarias a principios humanitarios e intentar normalizar relaciones. Sin embargo, es mi opinión que el acercamiento va a ser mucho más moderado con relación al segundo mandato de Obama.

Existe cierta decepción en funcionarios demócratas sobre los lentos pasos del Gobierno cubano para avanzar en la normalización de relaciones durante la administración Obama. Además, para quitar la red de sanciones hacia Cuba es vital que los demócratas obtengan control absoluto del Congreso en ambas cámaras, algo que aún es incierto con relación al Senado .

A pesar de que el turismo hacia la isla puede ofrecer un repunte, en la inversión de compañías estadounidenses el Gobierno cubano fue incapaz de ofrecer competencia comparada con otros destinos en la región. Ausente una burocracia preparada para entender la celeridad necesaria en un mundo globalizado y normas atractivas para los inversionistas, la sensación internacional que causó el anuncio del 17 de diciembre de 2014 es muy poco probable que se repita. No hay dudas que compañías norteamericanas querrán invertir en el mercado virgen que representa Cuba, pero no se espera euforia y será el resultado de un incremento lento durante años, si no décadas. Recuérdese que aumentar la compra de productos norteamericanos no es sinónimo a potenciar la industria local.

Aunque desde el Minrex se habla de voluntad política para normalizar relaciones con la Casa Blanca y la comunidad de cubanos residentes en el exterior, el Gobierno del presidente Díaz-Canel ha sido excesivamente tímido a la hora de implementar reformas necesarias y demandadas. Algunas tan limitadas como eliminar los costos de renovación del pasaporte y aumentar su validez por diez años. Ello sin hablar de aperturas democráticas. El Gobierno cubano no puede mantener la contradicción de querer los dólares de los emigrados, pero no sus voces. Tampoco la de ser miembro del Consejo de Derechos Humanos sin ratificar los pactos de Derechos Civiles y Políticos, y de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. La defensa no puede ser mirar la paja en el ojo ajeno.

Si el Gobierno cubano realmente quiere normalizar relaciones de manera eficaz y prolongada con los Estados Unidos tiene que, primero y de manera inequívoca, normalizar relaciones con la comunidad de emigrados y suprimir inteligentemente el tema Cuba del panorama doméstico en el vecino del norte. Debe, de una vez, eliminar la gallina de los votos de oro.

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