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Opiniones

Lo que rompió Trump: el ciudadano presidente

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Ahora que la catastrófica presidencia de Trump llega a su final, es buen momento reflexionar sobre las secuelas que deja en la política y cívica norteamericanas. Cuatro años de ignorar y violar normas, regulaciones y leyes, basado en una visión monárquica de la presidencia, han expuesto las grietas y debilidades del sistema, las cuales es posible que otro demagogo (más hábil) pueda explotar. Una de ellas es la idea del ciudadano común y corriente que llegue a presidente, sin experiencia política previa.

La filosofía política clásica y occidental, desde Aristóteles y Platón, pasando por Maquiavelo, hasta Habermas y Arendt, ha dedicado muchas páginas a explorar el concepto del ciudadano(s) gobernante. Está íntimamente ligado a la idea de la igualdad política y la visión aspiracional de una democracia incluyente donde no hay límites a la participación cívica. A esto se le añade, en el contexto norteamericano contemporáneo, la desconfianza y el rechazo hacia los políticos y la política, que son vistos como un mal necesario. (Es curioso y paradójico, por ejemplo, que el Congreso norteamericano tenga históricamente bajos índices de aprobación, pero la inmensa mayoría de los congresistas son reelectos.) La idea de que un activista cívico o líder de los negocios está preparado para asumir las riendas de la república, lo que podríamos llamar el Chief Country Officer, sigue siendo atractiva. Así vemos que cada ciclo electoral presidencial trae a más candidatos como Forbes, Cain, Carson, Fiorina Steyer y Yang, los cuales incluso avanzan más que políticos con experiencia.

El Artículo II de la Constitución sienta los requerimientos para ser elegido presidente: nacer en EEUU, tener 35 años de edad y 14 viviendo en el país.  El primer presidente, George Washington, no era un político sino un hacendado y militar, que famosamente fue renuente a aceptar el cargo luego de haber lidereado la guerra de independencia. El ejército ha sido la mayor cantera de presidentes sin experiencia política previa, casi siempre como expresión de la necesidad de un liderazgo fuerte luego de una crisis o guerra: Taylor, Grant y Eisenhower. Los únicos otros presidentes sin carrera política han sido Herbert Hoover (aunque había sido Secretario de Comercio) y Donald Trump.

Es interesante analizar los paralelos entre Hoover y Trump, a pesar de sus diferencias en talante personal y modo de gobernar. Ambos republicanos. Ambos, lógicamente, promovieron su éxito en los negocios como su principal calificación para la presidencia. Ambos llenaron sus gabinetes con hombres de negocios en vez de personas con experiencia política o gubernamental. Ambos usaron un discurso populista que enfatizaba la superioridad norteamericana, el aislacionismo internacional y la no intervención militar, la desconfianza hacia las acciones gubernamentales en la economía y la hostilidad hacia los imigrantes (Hoover repatrió forzosamente a más de un millón de mexicanoamericanos, incluyendo muchos nacidos en EEUU.) Ambos fracasaron estrepitosamente en su manejo de crisis importantes: Hoover con la Gran Depresión y Trump con la pandemia de Covid. Y ambos fueron presidentes de un solo término, amargados por su derrota electoral (Hoover, que perdió su reelección de forma masiva frente a Franklin Delano Roosevelt, dedicó buena parte de su actividad política post-presidencial a criticar a su sucesor.)

La evidencia histórica, al menos en el contexto norteamericano, es que el éxito en los negocios no se traduce al éxito como gobernante. Un país no se gobierna como se dirige una empresa (o se manda en un cuartel.) La presidencia entraña el arte del compromiso político, el cultivar aliados, el manejo y respeto a los oponentes y la cuidadosa prioritización de objetivos, tres cosas a las cuales un dueño de compañías no está acostumbrado y a las cuales responde con la inclinación al mando autoritario.  Quizá la presidencia de Trump nos haya convencido de que la experiencia política es tan necesaria como la experiencia en cualquier trabajo. O quizá nos atraiga el próximo candidato que nos diga “yo no soy de esos políticos que ustedes detestan.”

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Publicista de profesión, diletante de vocación.

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