Una pelea global contra los demonios

Uno de los problemas que ha traído la globalización es que las diferencias —aunque a veces sería mejor llamarlas batallas internas— en cada país se traducen en una disputa a escala internacional. Parece ser que, si apoyas el Brexit en el Reino Unido, debes coincidir con Vox en España, con Trump en Estados Unidos, apoyar a Víctor Orban en Hungría, a Bolsonaro en Brasil y a Arabia Saudita en su conflicto con Irán. Por supuesto, también deberías negarte a reconocer a priori las demandas palestinas sobre Jerusalén Oriental, considerar a Putin “la reserva espiritual de Occidente” —por usar el típico eslogan de la propaganda franquista sobre sí misma—, y claro, apoyar la internacionalización del embargo en el caso de Cuba, aunque no así con Rusia.

El enemigo identificado es lo que se conoce como globalismo o, dicho de otra manera, poner los intereses supranacionales por encima de los nacionales, y cuya formulación inicial hay que buscar en Pat Robertson, a raíz de la guerra del golfo pérsico en 1991. Resulta que, contrario a los enfoques de este tipo, donde, como en el caso del Dr. Robertson, subyacen malas exégesis de algunos textos del libro bíblico del Apocalipsis, la realidad política, no ya la social y más decisiva, la de los valores y creencias de nuestro tiempo, es muy difícil de reducir a un par de bandos, como era el caso en la Primera Guerra Mundial, la lucha entre el bando de la libertad y el de la opresión, de acuerdo a la propaganda del bando de la Entente.

Una de las formas en que se ha visto esta disputa a nivel nacional está en identificar la defensa de las oportunidades de las minorías, como las raciales, con la idea de igualdad. Para ilustrarlo con un ejemplo, si la población negra recibe como promedio unos 40 mil dólares anuales por hogar y la blanca 70 mil, entonces hay una diferencia cualitativa y no meramente cuantitativa. Cuestionar esto, mostrar que algo ocurre en la regulación del mercado —aun si se parte del principio de que el mercado realiza la mejor distribución de bienes, servicios y salarios—, no es asumir que la igualdad implica eliminar las diferencias naturales en productividad de los individuos. Ahora bien, si se parte del hecho científico de que las razas no existen, que son solo diferencias fenotípicas, ¿por qué ciertos grupos parecen menos adaptados a una economía tan competitiva como la norteamericana? No pretendo responder la pregunta, solo dejarla abierta para pasar a lo que nos ocupa aquí: la relación de esta posición con ciertas políticas a escala global.

Frente al tema mencionado aparece entonces la actitud de cuestionar que el partidario de cierta redistribución de la riqueza en los Estados Unidos —a partir de impuestos en este caso— pueda criticar efectivamente el socialismo totalitario existente en Cuba. No puede hacerse, se afirma, porque el principio es el mismo: búsqueda de la igualdad a través de la manida frase de redistribución de la riqueza. Sin embargo, el totalitarismo no aspira a buscar simplemente esto, sino que pretende hacerlo a través del control de los medios de producción, lo que determina en la práctica una mayor desigualdad. A veces, también esta idea aparece cuando se defiende el proteccionismo frente a México, la Unión Europea o China con la idea de que el libre comercio ha favorecido a otros pueblos y no a los Estados Unidos, lo que supone que los partidarios de esta política también buscan la igualdad de ingreso entre las naciones.

Una vez que se entienda que no estamos frente a una pugna entre dos bandos a escala global, resulta torpe definir el panorama político norteamericano como un conflicto entre los valores de libertad e igualdad, como si se quisiera subordinar en cada bando uno de estos términos al otro. Esta elección no se da en dichos términos; ni Joe Biden representa la igualdad por encima de la libertad, ni Donald Trump la libertad por encima de la igualdad.

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