De inconsistencias ideológicas y fanatismos políticos: una mirada a la diáspora venezolana desde la Florida.

Lo que para muchos fue el motivo de salida de Venezuela, ahora es la conducta que algunos de nuestros connacionales celebran del presidente de los EE. UU., acusando a quienes no lo apoyan, de ser ‘comunistas’.

Las secuelas que nos ha dejado la lucha contra el chavismo son de varios tipos: emocionales, psicológicas, y, sobre todo, familiares. La historia de los efectos del chavismo no puede reducirse a lo político, porque para los venezolanos Hugo Chávez representa no solo una ruptura política, sino el resquebrajamiento de un proyecto de sociedad que fue abortado para hacerle lugar a un proyecto político, que, habiendo prometido inclusión, resultó ser un movimiento personalista con aspiraciones hegemónicas. Las esperanzas de una sociedad democrática (o en todo caso con la expectativa de consolidarla) derivaron en un régimen político donde las relaciones personales y familiares no escaparon del impacto del deterioro político, y que hoy son parte del saldo de destrucción nacional. El chavismo ha hecho de nosotros los venezolanos, una vez orgullosos representantes de una riqueza que no controlábamos, unos parias. La diáspora venezolana se ha convertido en huésped indeseable en gran parte de Latinoamérica, cuando nos aparecemos en calidad de refugiados. Desde Estados Unidos hasta Brasil, pasando por Colombia, el caso venezolano es usado como ejemplo para luchar contra las inclinaciones ideológicas de izquierda. La herencia del chavismo ha sido el crimen, la violación de derechos humanos, las persecuciones políticas, el hambre, la miseria y la destrucción.


Cualquiera pensaría que habiendo pasado por la experiencia del Chavismo sería suficiente para saber identificar los peligros que implica un régimen con vocación autoritaria y profundo desprecio por las libertades individuales y colectivas. Que sería una experiencia capaz de preparar a cualquiera para la defensa inquebrantable de la libertad de prensa y de expresión. Que habiendo vivido bajo el Chavismo sabríamos reconocer los peligros de la ideologización en la educación, la transformación del sistema educativo para satisfacer intereses de grupo, y la manipulación de las políticas públicas. Si algo debimos haber aprendido con el ascenso de Chávez al poder, es que la democracia venezolana, imperfecta e incompleta, fue sepultada una vez que Chávez se hizo con los poderes públicos, anulando a la Justicia y la función Legislativa. Que el uso de la violencia del Estado para impedir el derecho a la protesta fue una de las más notorias afrentas a la democracia, convirtiéndose en un símbolo de la opresión chavista.

Uno diría que hay cierta consistencia ideológica si eso que le criticamos al chavismo, lo encontramos en otro país, y también lo cuestionamos. Pero resulta que no, no es así, no hay consistencia alguna. Al parecer, lo que para muchos fue el motivo de salida de Venezuela, ahora es la conducta que algunos de nuestros connacionales celebran del presidente de los EE. UU., acusando a quienes no lo apoyan, de ser ‘comunistas’. Esos venezolanos opositores a Chávez, que fueron adecos o copeyanos (y algunos hasta chavistas), nada más pisar suelo Americano se les olvida que Acción Democrática es miembro de la Internacional Socialista, ahora aquí son fervientes admiradores de la Federalist Society y portadores de carnet del Mayflower. No recuerdan cuando marchaban en contra de la ideologización de la educación, exigiéndole a Chávez que no se metiera con sus hijos, o que respetara el derecho al voto. Los vemos indignados con esos ‘comunistas’ porque están poniendo en peligro la seguridad de sus hijos con esas ‘manifestaciones radicales de BLM’; esos mismos que vinieron a EE. UU. pidiendo asilo porque les lanzaron una lacrimógena en una protesta contra Chávez. No solo es la intolerancia, sino además la ignorancia manifiesta en su percepción sobre la izquierda, aquí en EE.UU. y en el resto del mundo, dejando un sabor lamentable, y provocando hasta un poco de compasión, pues las políticas de los Demócratas son mucho más afines a nuestra causa que las de los actuales Republicanos, decididos a hacer de los inmigrantes sus enemigos.

Su grito de batalla es acusar al Partido Demócrata, a Biden y a todos los que se oponen a su Dear Leader, de ser unos adoradores de Karl Marx. Le exigen al gobierno que los deporte, que les quiten la Green Card o la ciudadanía. Se parecen tanto a los chavistas cuando acusaban a los Opositores (esos que hoy apoyan a Trump) de ser traidores de la patria. No debería sorprendernos, pero esa inconsistencia ideológica posiblemente explique porqué los venezolanos que alguna vez fueron adecos o copeyanos, decidieron apostar por Hugo Chávez. No se trata de un giro político con matices ideológicos, sino de las primeras expresiones de lo que fue tomando cuerpo y que hoy caracteriza a la política global: un vacío ideológico que los liderazgos iliberales aprovecharon de llenar. Eso podría ayudarnos a entender porqué Chávez y su heredero Maduro lograron la destrucción de la democracia y la continuidad en el poder, respectivamente. En el caso de los EE. UU. nos permitiría explicar cómo pudo una sociedad pasar de una presidencia de Barack Obama a otra de Donald J. Trump. En el fondo es un rechazo a los principios de la democracia, es el desprecio por la equidad como base común de la sociedad.

Qué ironía haber huido del odio de un proyecto político para terminar abrazando a otro.

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