Lo que aprendimos Trump y yo de los Comunistas

Donald Trump speaking with supporters

Es absurdo decir que el partido demócrata es comunista, o que esté dominado por un ala izquierda radical. La evidencia disponible de las elecciones primarias del partido, muestra que prevalecieron los candidatos moderados. La razón por la que Trump acude a estas tácticas propagandísticas, es porque han demostrado ser efectivas en persuadir y atemorizar a su seguidores, quienes entonces pasan por alto sus propios escándalos y transgresiones. 

Tengo un amigo que no se ofende cuando le dicen “comunista”, él cree que se han perseguido objetivos nobles con esa bandera, aunque admite que prefiere vivir en los Estados Unidos y no está dispuesto a regresar a Cuba. En la isla, hay más de 600,000 miembros del Partido Comunista, estos militan en una organización que considera necesario regular en la constitución que su ideología es eterna e incuestionable, como si alguna visión del mundo pudiera ser inamovible. El Partido Comunista Chino, por su parte, tiene 90,000,000 de miembros y es la organización partidista más grande del planeta. El Partido Comunista de los Estados Unidos tiene más de 5,000 miembros, está localizado en New York y en su sitio web pueden pagar las cuotas atrasadas y llamarse unos a otros “camaradas”.

Yo NO soy de esos comunistas. Escapé de Cuba porque no soporté los abusos de poder y las terribles consecuencias de denunciarlos en voz alta, así como el micromanejo de la vida y de la expresión de la gente. Tampoco soporté que me vendieran el sovietismo como la única forma de consolidar la revolución popular de 1959, porque durante esa década, sabían muy bien del control totalitario que ejercía el PCUS sobre el mismo pueblo que había hecho la Revolución del 17. Libros como La Revolución Traicionada (1936), La Gran Estafa (1954), La Nueva Clase (1957) ya habían sido publicados y los cubanos no eran ajenos a ellos. Posteriormente, los rusos habían intervenido Praga con la misma fuerza imperialista que le denunciaban a los Estados Unidos y habían lanzado a sus disidentes a los Gulags, con la misma frecuencia que lo hiciera Hitler.

Sin embargo, algo aprendí de los comunistas: La clave para que los seguidores te perdonen cualquier exceso o inmoralidad, es convencerlos de que la alternativa es inaceptable. Así es, la paranoia es un brebaje que se sirve caliente y perdona las transgresiones. La política de plaza sitiada es tremendamente efectiva. Los Estados Unidos, con su medio millón de personas sin hogar y su salud publica exclusivamente privada, sus intervenciones militares, su respaldo a dictaduras asesinas de derecha, las operaciones encubiertas y las sanciones extraterritoriales (dígase “El Bloqueo”), aún resulta efectivo en la propaganda del PCC.

Así es como la disidencia es inmediatamente vinculada a los Estados Unidos: toda oposición es la encarnación del gobierno estadounidense. No importa que se atribuyen etiquetas como centristas, oposición leal, socialdemócratas, etc., todos son unos “mercenarios del imperio” y basta.

La percepción de amenaza y la demonización del contrario son efectivas hasta el punto que llegan a imponerse sobre la obviedad de que, durante la guerra fría, ambos lados cometieron excesos. Se impone, incluso, sobre el hecho de que en Cuba no exista un régimen democrático. “Es un régimen dictatorial, lo sabemos, pero está justificado”, es más o menos la conclusión que escuché balbucear a varios intelectuales conocidos. La amenaza de los Estados Unidos excusaba absolutamente todo.

Por esta razón, es tan alarmante que los seguidores de Donald Trump, con el apoyo del partido Republicano, utilicen la misma táctica, afirmar que los demócratas son “comunistas”… Absurdo, yo no conozco ninguno de mis amigos demócratas que no desprecie profundamente el comunismo. Por otro lado, la inmensa mayoría de esa ala izquierda y minoritaria del partido, son “socialistas democráticos”, una corriente con muchas décadas de existencia y que agrupa a corrientes como los “socialdemócratas”. Dentro del espectro político de la “izquierda”, estos  llevan más de un siglo oponiéndose al marxismo-leninismo, a la dictadura del proletariado y a otros métodos autoritarios. Los “socialistas democráticos”, persiguen una economía de mercado, democracia plural y parlamentaria y un Estado de Bienestar para los ciudadanos. Estamos convencidos de que no van a imponer el partido único, porque llevan casi un siglo al frente de varios estados Europeos y no vemos crisis de refugiados provenientes de Noruega o de Dinamarca. Por si fuera poco, la mayoría de los candidatos del ala izquierda resultaron perdedores en las primarias demócratas recientes, candidatos tales como Bernie Sanders, que no pudo continuar su campaña más allá del Supermartes, apenas el cuarto día de votaciones…

El Partido Demócrata de hoy no sólo NO es comunista, sino que tampoco es controlado por su ala izquierda.

Lo que sucede, es que cada vez que los activistas republicanos etiquetan como “comunista” a un demócrata, sus seguidores están dispuestos a mirar al otro lado, a perdonar los manejos de esta administración: la ausencia de un plan para enfrentar la pandemia y detener los cientos de miles de muertes; las promesas incumplidas del muro, eliminar el déficit, sustituir el Obamacare con algo “fenomenal”,  contener las amenazas de Irán y Corea del Norte, o acabar con los regímenes de Cuba y de Venezuela; ofrecer reducciones de impuestos para la clase media; así como la falta de un discurso empático y coherente por parte del líder del país; también olvidan los escándalos de corrupción, las mentiras, las conspiraciones y el apoyo propagandístico de corporaciones como Fox News; el deterioro de los balances y contrapesos democráticos, así como los despidos a los inspectores independientes y el nombramiento de aliados incondicionales.

Todo eso es inmediatamente perdonado a Trump…, borrado, inexistente, imposible de observar, tan pronto como él conduzca su oración diaria al “comunismo” que nos amenaza. Y lo repiten, lo repiten, lo repiten… Si algo aprendí de los comunistas, es que toda demonización del otro, es la más terrible y agresiva de las propagandas. Es manipulación de la peor clase. Los defensores del principio democrático, donde quiera que estemos, tenemos que denunciar esta perversión del discurso político nacional con toda la fuerza posible.

 

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