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Las segundas víctimas: los trabajadores de la salud

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Imagen tomada del Washington Times

Hace unos meses, las imágenes de un médico de urgencias afligido ante la muerte de un paciente de 19 años se volvieron virales en las redes sociales. No es raro que un proveedor de atención médico-sanitaria experimente una angustia extrema después de un error médico o después de que le ocurra un evento adverso a un paciente como complicaciones graves, secuelas o muerte.

Todos los días los profesionales de la salud practican sus habilidades y conocimientos en situaciones excesivamente complejas y se encuentran con resultados inesperados de sus pacientes. Estas complicaciones inesperadas y errores no intencionales siempre serán parte del sistema médico debido a la naturaleza universal de la falibilidad y la tecnología humanas. Si bien no todos los errores ponen en peligro la vida, muchos pueden comprometer significativamente la calidad de vida del paciente.

Sin embargo, las víctimas de errores médicos o del fracaso de los esfuerzos de un médico por salvar a un enfermo van mucho más allá del paciente. Cuando ocurren los errores o sobreviene la muerte, se produce un efecto dominó donde la primera víctima es siempre el paciente, mientras que la segunda es cualquier proveedor de atención médica (es decir, médico, enfermera, técnico de atención al paciente, paramédico, etc.) que estuvo involucrado en ese evento.

El Dr. Albert Wu, profesor de política y gestión de la salud en la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins, fue el primero en acuñar para este fenómeno, hace ya unos años, el término “síndrome de la segunda víctima”, que es una emergencia médica equivalente al trastorno de estrés postraumático.

El síndrome de la segunda víctima describe el sufrimiento que experimenta el proveedor de atención sanitaria como resultado del trauma psicológico que causa el evento. Los efectos emocionales del síndrome de la segunda víctima no deben subestimarse, los síntomas de ansiedad, depresión, culpa y pérdida de confianza son comunes. También puede haber severos sentimientos de incompetencia, dudas y desdicha e inclusive ideación suicida.

Son muchos los elementos que contribuyen a este cuadro clínico. Ante todo, una cultura en los servicios de salud que obliga al profesional sanitario a recomponerse y pasar al siguiente paciente como si nada hubiera pasado, unida a la tendencia a la vergüenza y la culpa dirigida a esos mismos médicos y demás personal sanitario, porque no hay duda de que culpar a las personas es emocionalmente más satisfactorio que apuntar a las instituciones.

Otro factor que contribuye es la existencia de un medio laboral muy estresante que hace al médico una persona proclive al agotamiento. Los estudios recogen que casi la mitad de los residentes de medicina reportan agotamiento durante su segundo año, y uno de cada siete alega que se arrepiente de su elección de carrera.

También el género influye pues, en la era del MeToo, la profesión médica no es inmune al acoso y la discriminación. Investigaciones han encontrado que las mujeres médicas pueden tener más probabilidades de experimentar reacciones negativas relacionadas con eventos adversos que los hombres, y que estos resultados pueden ser más pronunciados entre aquellas que tienen responsabilidades familiares.

Es fácil imaginar que este síndrome de la segunda víctima se ha cebado en el personal sanitario durante esta pandemia, obligados a horas de trabajo excesivas y una enorme cantidad de pacientes que requieren esfuerzos extenuantes para su cuidado y, por supuesto, asistiendo al fracaso de la muerte ante cualquier tipo de intervención que se haga.

Esto no solo sucede en hospitales o en Unidades de Cuidados Intensivos. Existen estudios que sitúan la prevalencia de efectos adversos en la atención primaria en casi un 11%, y la media de estos eventos en los que se ve involucrado un médico de atención primaria mensualmente es de siete, aunque sin consecuencias graves en la mayoría de los casos.

El estudio APEAS en España ha puesto a la luz carencias en la formación profesional en relación con los eventos adversos: a pesar de que ocho de cada diez profesionales de atención primaria han presenciado algún incidente relacionado con la seguridad del paciente a lo largo de su carrera, y un 62% ha sufrido la experiencia como segunda víctima en los últimos cinco años, tan solo el 16% de los médicos y el 18% de las enfermeras del primer nivel habían recibido formación acerca de cómo informar a un paciente afectado, estando la mayoría de ellos (91%) interesados en recibirla.

Por otra parte, en Estados Unidos desde el 2007, se puso en marcha el programa ForYOU10 y uno de los centros de referencia se localiza en el Hospital Clínico de la Universidad de Missouri (UMHC). Este busca apoyar a los profesionales sanitarios afectados por un evento adverso, y consta de intervenciones en seis etapas (confusión y respuesta al evento, pensamientos intrusivos, restauración de la integridad personal, resistencia al proceso y conseguir apoyo emocional). Iniciativas como esta aún no están implementadas en todo el país, ni han sido parte de una iniciativa nacional en el campo de la salud.

Pero cualquier intento de aliviar el problema se ve desbordado ante una pandemia que no da tiempo a intervenir a la segunda víctima y, sobretodo, con políticos que pasan olímpicamente por encima de esto y pierden su tiempo en discusiones absurdas o escribiendo tweets sin sentido.

El deseo de cualquier profesional sanitario es mejorar la vida de sus pacientes y paliar o minimizar el sufrimiento cuando lo primero ya no es posible. Cuando un paciente padece un daño accidental en el proceso de atención, la confianza en el profesional se deteriora y, cuando la muerte se hace inevitable y la comunicación con el familiar es escasa, esto empeora.

Es una experiencia traumática y dolorosa pero no solo para el paciente y su familia, sino también para los profesionales sanitarios que se ven involucrados y que se convierten así en segundas víctimas de dicho evento adverso.

A la larga, esto va a repercutir —y ya lo hace— en las instituciones sanitarias, provocando que se conviertan en las terceras víctimas, pues conlleva a un deterioro tremendo de cualquier sistema de salud con profesionales sanitarios incapaces de funcionar ni de continuar trabajando con efectividad en el sistema.

La necesidad de una respuesta inmediata de gobiernos e instituciones a este fenómeno es urgente. La catástrofe de los sistemas de salud de los países desarrollados está en juego.

Fuentes:
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Soy médico siquiatra con tres décadas de experiencia en salud mental. Mis pasatiempos preferidos son escribir y leer y por eso camino por estas calles de 23 y Flagler. Pero sobre todo, mi especialidad es ayudar a la gente a acoplarse a las dificultades que les causan angustia, ansiedad y estrés, y que así puedan identificar y alcanzar sus metas personales.

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