El gallo de Nueva York

Sé que muchos pueden interpretar este comentario más allá de lo que pretende.  Me tiene sin cuidado. Durante muchos años he entendido a nivel intelectual las distintas expresiones del machismo como herencia de un viejo patriarcado infectado por siglos en nuestras sociedades y desafortunadamente aún vigente en muchos sitios y circunstancias. Y desde entonces y aun a día de hoy, me educo y desaprendo viejos hábitos que pueden resultar molestos u ofensivos para una mujer. Así, si comento que encuentro a una cantante como Paulina Rubio pésima en su oficio y ni siquiera atractiva como su compatriota Thalia, alguien me dice machista sin tapujos. Y tengo que procesarlo con tiempo, más allá de que encuentre a Mike Jagger un gran artista pero más feo que una noche sin luna y que no pueda (por más que la adore) decirle bonita a la sin par Barbra Streisand. Y eso que la diva le puso nombre al efecto que provoca en internet un intento de censura haciendo aún más mediático lo que se trata de ocultar. Pero bonita, no es. Al menos para mi criterio.

No hay duda que los últimos años y el movimiento Metoo han puesto en la palestra pública el tema de las necesarias reivindicaciones feministas a favor de la igualdad. Loable y saludable. Y queda mucho por hacer sobre todo en las áreas de abusos sexuales, violencia de género, explotación sexual, cosificación de la mujer y muchas más.

Y en medio de esta situación hemos visto acusaciones tan intensas y espantosas como las de Harvey Weinstein o las de Bill Cosby donde se exhibía un patrón de conducta abusivo que llegó incluso a violación y se pasó por alto por tratarse de individuos en posiciones de poder. Y sobre todo en el mundo del arte, históricamente muy proclive a ¨pagar el peaje si quieres llegar¨. Y en todos los géneros y orientaciones sexuales. Y si no, que le pregunten a Kevin Spacey o algunas ex parejas de Chavela Vargas. Pero por supuesto, repito POR SUPUESTO, que en la gran mayoría de los casos conocidos el autor y victimario es un hombre y la victima una mujer. Porque como cantaba James Brown: ¨This is a man’s world, this is a man’s world¨.  

Y por ese mundo de ¨hombres¨ hemos tenido que sufrir el asesinato de carácter de la Dra. Ford para lograr que el abuso sexual bajo la influencia de alcohol de Brett Kavanaugh no le impidiera sentarse en el Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Casi treinta años después que a Anita Hill la inmolaran para darle un puesto similar al Juez Clarence Thomas. El cuartico está igualito. O casi igualito.

Ahora está en primera plana el gobernador neoyorkino Andrew Cuomo. No voy a negar que a mí no me hacía mucha gracia por su personalidad seca y en ocasiones arrogante, pero se ganó todo mi respeto como funcionario público en su manejo de la pandemia. Recuerdo a muchos con el entusiasmo delirante de que corriera para presidente y mis reticencias porque ya veía yo un final de campaña tipo pelea de un orangután naranja con un doberman italiano; algo poco deseable en un país fracturado por el tribalismo político.

He estado siguiendo las distintas alegaciones contra Cuomo y van desde lo que conocíamos como flirteo, a pedir un beso y hasta frases o preguntas inadecuadas en el contexto de las relaciones laborales. Es inadmisible que Cuomo no supiera los límites de lo que se llama ¨acoso¨ en el ámbito laboral y un tema que todo empleado público en EE UU debe pasar en un curso obligado al menos cada dos años.  Es prepóstero imaginar que Cuomo (hijo de un político y doctorado de la Facultad de Derecho de Albany en 1982) no tenía claro que cruzar el más mínimo límite de acoso (como podría ser llamar bonita o hermosa) con un subalterno/a incluía todas las de perder en una corte de justicia por encontrarse en una posición de poder.  Así lo aprendí yo hace tres décadas, en un curso en mi primer trabajo en el estado de La Florida. ¡Y cuantas veces me mordí la lengua para contener la zalamería cubana o puse mi mirada en el infinito como una baladista italiana cuando la ¨mesa estaba servida¨ por parte de algún empleado!

Las últimas alegaciones en contra de Cuomo dicen. ¨Me llamó a mí y a mi compañera de trabajo “mamas mezcladas” (algo así como maruja es español). Me preguntó por la falta de un anillo de bodas y el estado de mi divorcio Lo recuerdo diciéndome que era hermosa, en italiano, y, mientras estaba sentada sola con él en su oficina esperando el dictado, él miró mi blusa y comentó sobre un collar que colgaba allí).¨

Los comentarios todos pueden ser interpretados como acoso laboral y el consejo que se da en estos cursos para todos y todas: 1. Decirle a la persona que no te sientes cómodo y que cese. 2. Reportarlo a Recursos Humanos. Y lo de mirar al collar de perlas puede ser admiración por la joya o justificación tonta por mirar un canalillo de esos que los sostenes de Victoria Secret contribuyen a poner marcadamente en evidencia.

Está claro que hay mucha sensibilidad con un tema escabroso y doloroso y con una situación que por años ha abusado de las mujeres y las ha tenido en un sitio inferior. Y que la batalla seguirá hasta que la igualdad de género se alcance y se extienda a la orientación sexual.  Y que todos los hombres debemos educarnos en estos valores y no hay duda que a los más mayorcetes les es difícil cambiar conductas aprendidas y comunicadas por generaciones. Cambiar es muy difícil pero no imposible.

Podría pensar que la conducta criticada a Cuomo nace de instintos hormonales, esos que hacen a un gallo pavonearse delante de una gallina. Pero como mamífero superior, Cuomo debería tener una capacidad de discernimiento y un pensamiento crítico mucho mayor al del gallo.

 Es difícil jurídicamente probarle el acoso a Cuomo, a pesar de que ya son varias las alegaciones pero todas son parecidas a esta última que mencionamos. Éticamente, deja mucho que desear y veo su carrera acabada. No olvidemos que es demócrata, y a diferencia de los republicanos, ese partido no perdona tan fácilmente estas tropelías. Yo lo que no le perdono a Cuomo es su absoluta estupidez.

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