El techo de cristal en clave latina

Con la decisión de Joe Biden de escoger a Kamala Harris como su compañera de fórmula para la nominación del Partido Demócrata en las elecciones de 2020, las aspiraciones de ver a una mujer en la Casa Blanca cuatro años después de la candidatura de Hillary Clinton se han transado por la posición de ‘segunda de abordo’, con la esperanza de que esta sea una antesala a la primera magistratura del país en el corto plazo. La decisión de Biden es trascendental por varias razones, no solo por haberse comprometido con incluir a una mujer, sino por haber escogido a la hija de una pareja de inmigrantes, de ascendencia jamaiquina e india, en un momento de gran convulsión social. Es posible que esto sea visto por aquellos escépticos como una reacción movida solo por el descontento social desatado en respuesta a la violencia racial y policial que se vive en el país, pero con ello, Biden y el Partido Demócrata están reconociendo también el cambio demográfico en los Estados Unidos, una realidad que la clase política de este país no puede seguir ignorando.

Hasta el año 2017, la población Latina en los Estados Unidos representaba un 18%, de acuerdo con Pew Research. Sin embargo, en esta última década, el 52% del crecimiento demográfico que ha ocurrido en el país ha sido gracias a la población Latina, mientras que el declive de la población blanca (no-Latina) en los Estados Unidos está cercano al 9%, registrándose para el año 2019, que la población blanca es minoría en las ciudades de Nueva York, Los Ángeles, Washington, D.C., Miami, Dallas, Atlanta, y Orlando. En un dato adicional, no solamente hay un crecimiento de la diversidad de la población en general, sino que, además, se trata de un cambio en el perfil migratorio, pues en los últimos cinco años la inmigración Latina de los Estados Unidos presenta un nivel educacional superior al de hace diez años.

Esta es la realidad de un país que está atravesando por un momento crítico de su historia, justo cuando la democracia -como modelo político predominante de la cultura occidental- enfrenta uno de sus más grandes desafíos, y la cultura política del país emprende un cambio fundacional en sus bases sociales. Estos últimos cuatro años han representando un giro dramático de la noción de Estados Unidos como modelo de democracia, tomando como punto de partida el rechazo del país -tanto por quienes votaron en contra, como por quienes decidieron no votar (cerca de 100 millones)- por la propuesta de una mujer en la Casa Blanca. Este país votó por el primer presidente Afroamericano en 2008, cuya nominación fue el triunfo sobre la aspiración de Hillary Clinton en las primarias del partido. En 2016, cuando Clinton logra finalmente la nominación, si bien el colegio electoral le da la victoria a su adversario, no es menos cierto que también contribuyó con su derrota el rechazo colectivo a una mujer como líder del mundo libre.

Este año son varios los debates que se entrelazan para mostrar una realidad convulsa y apremiante que reclaman respuestas políticas. La inclusión de Kamala Harris es con toda razón motivo de orgullo para las comunidades de inmigrantes de Jamaica e India, pero no lo es menos para los Latinos, y especialmente, para las mujeres latinas. No se trata solo de un tema racial o de género, en realidad, si lo vemos desde la noción de interseccionalidad, la conexión de la decisión de Biden con la comunidad latina, es el reconocimiento del rol que las mujeres y los inmigrantes tienen en la construcción de una mejor sociedad, lo que ha sido siempre el espíritu y la aspiración de quienes venimos a este país desde otras latitudes. El hecho de ver a una mujer hija de inmigrantes aspirando a ocupar la vicepresidencia de los Estados Unidos, es la materialización del sueño que ha atraído a buena parte de los inmigrantes a este país, una mujer rompiendo las barreras raciales y de género.

Lo que nos hace inmigrantes son las posibilidades de encontrar refugio y oportunidades en el país de acogida, aquello que nuestros propios países no pueden ofrecernos. En estas elecciones no se trata solo de recuperar lo que para muchos se ha deteriorado en los últimos 4 años, sino, además, reconquistar la aspiración de equidad como un valor fundamental de toda sociedad democrática, que además puede ser ejemplo de inclusión y diversidad en tiempos de profundos cuestionamientos a la efectividad democrática.

Biden no solo cumplió con su promesa, sino que además está demostrando ser un aliado. Esperemos que este sea el escalón que nos acerque finalmente a la ruptura del techo de cristal.

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