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Elecciones 2020

El trumpismo: forma poscomunista del castrismo

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Todos los socialistas no son estalinistas, tampoco todos los conservadores son trumpistas. Tengo amigos conservadores, con los que debato a menudo. Alguno apoya a Trump -lo cual lamento- pero su universo no se reduce a eso. Porque ellos sostienen un apoyo táctico -a veces demasiado complaciente- pero no asumen una afinidad identitaria. Sospecho que si existiese la alternativa, votarían dentro del Partido Republicano por otro candidato. No son trumpistas.

El trumpismo es una degradación populista de la política democrática estadounidense, así ha sido analizado por académicos científicamente rigurosos y absolutamente alejados de cualquier filiación izquierdista,[1] por su culto al líder, su alergia polarizante a la diversidad y el pluralismo, su apego a la propaganda frente a la información, su visión conspiranoica del mundo, por su simple y vulgar matonismo.

El populismo es una forma diferente de imaginación y quehacer político, un modo específico de entender –mediante las polaridades Líder-Masa y Pueblo-Enemigo-, ejercer –decisionista, movilizativa y conflictivamente- y en menor medida, estructurar –en movimientos antes que en instituciones- la política contemporánea.

A medio camino entre la democracia y la dictadura, el populismo es una especie híbrida -en lo constitutivo- y transicional -en lo procesal- del catálogo de formas políticas modernas. Este oscila entre la preservación de instituciones y libertades básicas de la república -al menos hasta arribar a una coyuntura crítica, donde mutaría en franco autoritarismo- y la erosión sistemática de aquella. Una fisiología autoritaria, hospedada dentro de la anatomía democrática republicana.

El populismo construye discursivamente un nosotros “popular”, versus un otros, supuestamente “antinacional y oligárquico”. Expande la real polarización social -preexistente a la irrupción populista- hacia una polarización política, inducida y potenciada desde el poder. Polarización que alimenta para fortalecerse, aprovechando, debe decirse, los errores y desidias de liberales y demócratas.

Es llamativo cómo brota el Trumpismo en ciertos cubanos emigrados. Esos que hasta ayer aplaudían a Fidel Castro con similares razones, nos dicen ahora a quienes criticamos a su ídolo: “Ese es el tipo ¡”, “si lo dice por algo será ¡”, “si no vives aquí no opines¡”, “tu crítica es del enemigo¡ ” “de qué lado estás?” “Trump, hasta siempre, duela a quién le duela¡  Las frases antes escritas no son ocurrencias: salieron a relucir en un debate reciente con fans del caudillo empresario!

No se trata de establecer falsas equivalencias estructurales: trumpismo y castrismo no se equiparan por los regímenes que les cobijan -lo cual es decisivo para resistirlos y superarlos- pero sí por la cultura política que les define. El trumpismo es, para ciertos emigrados, la forma poscomunista del castrismo. Un castrismo inverso, que muta sus formas ideológicas, pero mantiene intacto su sustrato psicológico autoritario.

(Texto publicado originalmente en Havana Times el 28 de mayo)

[1] Norris, Pippa & Inglehart, Ronald Cultural Backlash:  Trump, Brexit, and Authoritarian Populism, Cambridge University Press, 2018.

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PhD en Historia y Estudios Regionales de la Universidad Veracruzana de México. Politólogo por la Universidad de la Habana. Colaborador de varios medios en Cuba, EUA, México, Venezuela y España. Autor de varios libros y artículos académicos.

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