En el espejo cubano

En Venezuela, mi mamá trabajó con cubanos durante la década de los 60; luego del intento de golpe contra Chávez en 2002, comenzó a verlos emigrar una vez más, aterrados por el rumbo del país: igualito a Cuba. Cuando Chávez enfermó, recordó que sus amigos siempre le decían: ‘este año sí se va Fidel’. Años después nos tocó salir a nosotros.

Cuba ha sido siempre nuestro faro, solo que nunca le dimos suficiente crédito. Creíamos que por ser una democracia imperfecta éramos diferentes, y somos tan parecidos que no solo el oficialismo castrista es el espejo del oficialismo chavista, sino que las diásporas cubana y venezolana parecen separadas al nacer.

El exilio cubano-venezolano ha sido un match made in heaven, pero esas similitudes son consistentes también con la aspiración de mantenerse en la superficialidad del análisis político en algunos casos. En el mundo binario donde todo aquello que se oponga al castro-comunismo es bienvenido, no hay cuestionamientos, ni interés de racionalizar, se trata del viejo y conocido proverbio el enemigo de mi enemigo es mi amigo.

Las diferencias políticas no deberían ser un problema para una comunidad que esgrime la ausencia de libertades políticas para justificar su exilio. Toda la carga cultural del exilio cubano-venezolano en los Estados Unidos está sostenida por su inquebrantable lucha por la libertad y la democracia, al menos eso es lo que dicen. Sin embargo, la estigmatización de todo el que piensa diferente es un rasgo más afín con los regímenes de Díaz Canel y Maduro (y hasta del mismo Trump), que de aquellos a los que los hermanos en el exilio llaman ‘comunistas’.

No deja de ser curiosa, además, esa alergia al socialismo, cuando -al menos los venezolanos- eran defensores a ultranza de la redistribución de la riqueza petrolera (handouts), mientras que aquí acusan a los demócratas de comunistas cuando hablan de cerrar la brecha social, y que ellos -tan conservadores fiscales- cuestionan por sus efectos sobre la economía. Cualquiera creería que nacieron en la City (de Londres).

Esta es por supuesto una discusión que no les interesa, porque no se trata de un asunto ideológico, de serlo, sería más sencillo desmontarlo. Es posible, aunque también tengo mis dudas, que esto se deba exclusivamente al tema de la caída de los regímenes de La Habana y Caracas. Nada me daría más tranquilidad de ser esa la razón, pero este fin de semana luego de ver la Lista de Otaola, recordé nuestra vernácula Lista Tascón.

Desde hace tiempo estoy siguiendo los mensajes de la Oposición venezolana pro-Trump, conocida en las redes sociales como magazolanos, y el parecido con el fanatismo chavista es sorprendente.  No se trata de la vehemencia o la adoración, sino de la fe ciega en un milagro que a estas alturas deberían tener claro no va a ocurrir. La frustración de los cubanos luego de años de espera por la caída del castrismo encontró en la causa venezolana razones adicionales para presionar al gobierno de los EE. UU., mientras que los venezolanos encontraron en el exilio cubano un experimentado hermano mayor.

Esta es una fracción de la diáspora que en su conjunto solo acumula derrotas; los cubanos que no le perdonan a los demócratas el acercamiento con Raúl Castro, (sumado a la cuenta de Bahía de Cochinos y Kennedy), y los venezolanos que mantienen la esperanza de la intervención, a pesar del evidente enfriamiento de la retórica, pues ni siquiera porque las encuestas indican un resultado cerrado en la Florida, la administración de Trump ha hecho el más mínimo esfuerzo por demostrarles solidaridad, al contrario, están deportando venezolanos a pesar de la prohibición emanada de su propio gobierno.

Quisiera entender cómo se inscribe la persecución política en la lucha democrática, pero en mi currículo, la Lista Tascón es una huella de la intolerancia política en mi país, que, desafortunadamente, se ha repetido con algunos venezolanos pro-Trump cuando le piden a Inmigración mi deportación. La Lista de Otaola renueva mi percepción sobre ese tipo de lucha, que no es necesariamente por la democracia o la libertad de un pueblo. Creo que se trata de poder, y puede no sea siquiera un asunto ideológico, porque está claro que los referentes democráticos no se encuentran implícitos en un comportamiento que aspira la aniquilación (en el sentido figurativo) del antagonista político.

Cuando me decían que éramos la nueva Cuba, creía que nuestros valores democráticos serían un muro de contención, pero resulta que ser víctimas de un régimen autoritario no es razón suficiente para hacernos demócratas. Estábamos asumiendo que existía una comunión de valores anclados en las libertades individuales y colectivas por el hecho de oponernos a un régimen autoritario. Lo que queda claro con la persecución política intra-diáspora, porque eso es de lo que se trata cuando le piden a Trump que se deshaga de opositores cubanos y venezolanos, es que la oposición a Díaz Canel o Maduro no es necesariamente en defensa de la democracia.

Cuba siempre fue nuestro espejo, pero, así como los amantes de las listas se encuentran en la diáspora cubano-venezolana, también los que creemos en la democracia y la libertad individual tenemos un espacio. El reto es crecer.

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