Estoy hastiado de los insultos ¿Y tú?

Hace muy poco, alguien muy involucrado en la política de los Estados Unidos me dijo que “cuando los políticos no tienen soluciones, se enfocan en la ideología”, lo que considero una verdad terrible. Así es como Fidel Castro emprendió su “Batalla de Ideas”, que no era más que una guerra ideológica contra el imperialismo que aspiraba a poder conquistar la imaginación de los cubanos. 

A los Estados Unidos llega ahora su versión de la batalla ideológica, pero implementada por la campaña de Trump y sus satélites locales. El sábado 10 de octubre, por ejemplo, María Elvira Salazar, candidata republicana al congreso federal, en una actividad “contra el comunismo” que se celebró en el Miami Marine Stadium, dijo que “estas elecciones no eran entre personas, sino entre ideologías”. El mismo Castro no lo hubiera dicho mejor con el fin de desviar la atención de todo lo demás. El festival anticomunista era también y, aunque no declarado, una actividad para promover al candidato Trump bajo la consigna de “Make Cuba Great Again”, como si los cubanos ya no hubieran tenido suficiente, como si ser “great again” fuera perder más de 220 000 vidas debido al mal manejo de una pandemia.

El problema de no tener soluciones y presentarse sólo con la bandera ideológica es que su única herramienta es proteger los “dogmas” , transformar lo que debería ser un proceso electoral diverso y normal en una “cruzada” moralista donde hay buenos y malos, gente de un bando legítimo y “anarquistas radicales e irreconciliables” del otro lado. ¿Cómo vamos a extrañarnos por el exceso de polarización social, la herida infligida al sentido de comunidad nacional o el deterioro del tejido social? Es precisamente esto lo que hacen los fanatismos ideológicos. En Cuba teníamos los “actos de repudio”, ahora en Miami tenemos los “descréditos públicos”, las “listas rojas”, o idioteces tales como llamar “comunista” a un cubano notable como Carlos Alberto Montaner.

Estoy hastiado de insultos, pero estos vienen, precisamente, de ese contexto mayor de lo que acontece en la política nacional y que le sirve de combustible a la campaña republicana. También provienen de la estigmatización constante de las minorías, su deshumanización en la forma de separar a los niños indefinidamente de sus padres, así como después salir en cámara y leer en un teleprompter un par de frases conciliadoras, diciendo que se condena esto o aquello, para después regresar a su cuenta de Twitter y amplificar los mensajes “conspiranoicos”, así como difundir sin escrúpulos mensajes de los supremacistas blancos y otros que denigran a las comunidades hispanas e incluso a otras. 

Hay tanta gente que cae en la trampa, como si descubrir el relato ideológico que le están vendiendo fuera nada menos que la verdad revelada. La ideología no es más que el arte de distorsionar la realidad para obtener ganancias políticas. Y ante la tensión ideológica, el querer defender los prejuicios por encima de las evidencias, muchos pierden el control y la civilidad e insultan, insultan mucho, insultan con fuerza. Insultan para ser hirientes, pero con tristeza, como quien no tiene valor de salir de una jaula en la que ha aprendido a sentirse seguro.

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