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Elecciones 2020

¿Estamos pidiéndole peras a las encuestas?

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Un famoso proverbio latino dice: “No se le pueden pedir peras al olmo”. Esto muestra de un modo muy sabio y simple que cada árbol tiene su fruto y cada herramienta su función. En estos días he presenciado como enemigos, amigos, inexpertos, expertos, Demócratas y Republicanos han decidido todos emprenderla en contra de las encuestas tratando de predecir el resultado de la elección. Todos se quejan de lo mismo: ¿Cómo es posible que lo que parecía una victoria fácil de Biden se haya convertido en una elección muy disputada y con resultados relativamente cercanos en términos del número de votantes? La respuesta más común es que las encuestadoras no saben lo que están haciendo. Algunas son más aventuradas y hablan de motivaciones ocultas o incluso intereses comerciales. Algo muy parecido sucedió en las elecciones presidenciales del 2016, en las que muchos medios incorrectamente hicieron interpretaciones erradas de los resultados de las encuestas dando la elección por ganada en favor Hillary Clinton antes que esta se disputara.

La realidad es que, en el 2016, cualquiera con cierta educación en la interpretación de las encuestas hubiera percibido con semanas de antelación que la elección iba a ser muy reñida, y no hubiera sido para nada sorprendente la elección de Donald Trump, ya que las tendencias de los votantes en esas últimas semanas indicaban una diferencia no significativa en la preferencia por alguno de los dos candidatos. Desafortunadamente, el mal ya estaba hecho y el público en general les había perdido confianza a las encuestas y, con ella, a las estadísticas. En otras palabras, un nuevo difunto del parnaso de las ciencias en un siglo XXI que necesitará más de estas que en ninguna otra etapa de la humanidad.

Y aquí estamos en el 2020, un año que se le puede calificar de cualquier cosa menos de normal, y eso tiene una implicación también en el aspecto estadístico de los eventos que ocurren en este período. Estos señores detrás de las encuestas se abstienen a explicar al público neófito lo poco común o excepcional de esta elección y como esto afecta sus instrumentos de estimación que no son todopoderosos, ya que ellos también tienen funciones específicas y limitaciones. En esencia que, si
fueran olmos, no podrían dar peras. No quiero que se me malinterprete, las encuestas son un poderoso instrumento estadístico para predecir el resultado de eventos de selección que van a ocurrir en el futuro, pero como todo instrumento, este tiene una función y ciertas limitaciones. Para entender mejor esto, me refiero a la siguiente figura que representa los grupos en que se divide el electorado en cualquier elección.

En el borde superior izquierdo tenemos el grupo de los “Conocidos-Conocidos”. Estos son el “Conocido” grupo de electores que sigue a un candidato “Conocido”, en otras palabras, esta es la base electoral de cada candidato. Estos son los electores extrovertidos y comprometidos con la causa de su candidato. Esos no temen mostrar su filiación y su intensidad en el proceso político, y son los que en la gran mayoría de las elecciones normales deciden las elecciones. Pero recuerden, 2020 es de todo menos normal, no solo por las circunstancias, sino por los candidatos. A la derecha tenemos a los “Conocidos- Desconocidos”, son Conocidos, porque sabemos que existen, pero desconocemos cómo van a votar, son los comúnmente denominados Independientes. Muchos analistas políticos definen candidatos, mensajes, estrategias y demás en función de este sector. Ellos creen que el que gana los independientes gana las elecciones. La mayoría de las campañas presidenciales tienden a moverse al centro para ganar el favor de este grupo. Es importante destacar que estos dos grupos son los más voluminosos en términos de participación en la elección, por lo cual entenderlos, cuantificarlos y hasta complacerlos se vuelve el objetivo de políticos y campañas. Por tanto, estos dos grupos son los que las encuestas tratan de comprender mejor. El primer grupo marca la tendencia histórica, mientras que el segundo grupo se vuelve más vocal y por tanto predecible en la medida que la elección se acerca. La respuesta combinada de estos dos grupos es fácilmente estimada por las encuestas en la medida que el proceso finaliza. Justo por eso, las encuestas tienden a ser muy buen instrumento para predecir las elecciones en condiciones normales. El problema, vuelvo a recordar, es que las elecciones del 2020 no son del todo normales.

Basado en eso llegamos a las “raras avis” en términos de impacto histórico en las elecciones, los “Desconocidos – Conocidos” y los “Desconocidos – Desconocidos”. Los primeros, los “Desconocidos –Conocidos”, son votantes que no se saben quiénes son o cuántos son, pero se sabe que existen en ambas tendencias ideológicas. Yo los denomino los votantes tímidos, pues son votantes que dado su personalidad o sus circunstancias de vida prefieren no divulgar sus elecciones políticas. Eso no quita que no sean ciudadanos comprometidos, pero estos creen que las preferencias políticas no se deben estar exponiendo y discutiendo. Creen que puede ser contraproducente hablar de política porque afecta las relaciones familiares, interpersonales y laborales. Este es un grupo minoritario y que posiblemente esté uniformemente distribuido a lo largo del espectro político. Por último, tenemos a los “Desconocidos –Desconocidos”, el grupo más críptico de todos, pues no se sabe cómo votan, ni cuántos son, ni siquiera si votaran. Es el anti-ciudadano, el que se desentiende del proceso político y es incapaz de elegir basado en el argumento de que la política no es perfecta, sino el arte de lo posible; es aquel que solo votará cuando sus más sagradas prioridades entran en el campo de lo posible.

Y llegamos al 2020. El 2020 es un año especial debido al COVID-19 y su letal consecuencia de causar una economía deshecha y muertos ante el caso omiso e incluso criminal de un presidente incapaz. Pero también el 2020 es especial debido a lo que representa Donald Trump para la democracia de este país. Si esto no fuera suficiente, a pocas semanas de la elección, la jueza de la corte suprema Ruth Bader Ginsburg falleció, dejando una vacante en la Corte Suprema. Se dice rápido y fácil, pero esto es algo extremadamente inusual, ya que esta administración cambió la correlación de fuerzas en la Corte Suprema, y con ello pudo suprimir más de cincuenta años de progresismo social. En un hilo quedarían casos históricos como Roe vs. Wade, el matrimonio gay y ObamaCare por solo citar algunos.

Justo la combinación de estos dos efectos nos ha traído a la situación actual, algo que completamente escapó a la predicción basada en las encuestas, porque es imposible estimar con encuestas la decisión de aquel que no responde a las encuestas. Por un lado, la negatividad de Donald Trump ha traído el volumen más alto en la historia de Demócratas, Independientes y Republicanos votando no solo por Biden, sino contra Trump. Por otro lado, tenemos también a un volumen importante de ciudadanos votando por Trump. Es importante recalcar que no es solo a favor de Trump, hay un sector muy grande de esos votos que en realidad no tienen nada que ver con el deseo de votar por él. Este número proviene de un sector ultraconservador de la sociedad que no tiene o quiere tener nada que ver con Trump, pero que dada las circunstancias decidió votar a su favor por conveniencia, porque es la única barrera entre el nuevo poder conservador de la Corte Suprema y la posibilidad de los Demócratas de diluir ese poder cambiando el número de jueces en ella.

¿Es posible estimar el impacto de estos dos últimos grupos? La respuesta es sí, pero estas estimaciones no son muy precisas y son muy dependientes en la cantidad de votantes pasivos que existan. En el caso de Estados Unidos este electorado pasivo es casi la mitad de la población con derecho a votar, por lo que intentar estimar estos rara-avis sería casi imposible dado el alto número de grados de libertad y lo inusual del año y la elección. Es importante destacar que hay muchos que justamente pensarán que es fácil escribir este artículo a posteriori; la realidad es, y muchos de mis amigos y colegas no me permitirán mentir, que estas ideas me acompañaron durante gran parte de la elección y las expresé públicamente en múltiples ocasiones. Este artículo decidí no escribirlo en su momento por temor a impactar de algún modo la elección, pero hoy lo suscribo sin importar quien sea nuestro presidente en el futuro. Esta gran nación necesita reencontrar su confianza en las ciencias, porque ese es el camino hacia un futuro mejor.

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Mi nombre es Lorenzo Vega-Montoto nací en Cuba y estudié Licenciatura Química en la Universidad de la Habana. Efectué estudios postgraduados en Canadá, donde conseguí mi Maestría y Doctorado en el área de Quimiometria. Mi especialización me ha llevado al estudio de métodos univariados y multivariados de estadística, métodos de aprendizaje computacional e inteligencia artificial. Estos métodos los he aplicado en investigaciones relacionadas con la química analítica, la proteómica y la bioinformática. Actualmente trabajo para Idaho National Laboratory y me especializo en cuestiones de bioenergía, bioeconomía, economía circular y fabricación avanzada. Desde el punto de vista filosófico me declaro humanista ético y positivista. Desde lo político me declaro socialdemócrata. Mis hobbits son la sabermetría, leer, ver cine, escuchar música, comer y cocinar.

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