“Hazle a los demás lo que ellos te harían, y hazlo primero.” Henry Flagler y el culto al corporativismo.

¿Quién fue Henry Flagler? Según lo que representa el obelisco enhiesto en la pequeña isla dedicada a él en la bahía Vizcaína (Biscayne Bay), un gran pionero industrialista.

Fue la mano derecha de John D. Rockefeller, quién se refería a él como un negociante despiadado y juntos construyeron la Standard Oil Company. A través de prácticas cuestionables, como fijar precios y sobornar a empresas de ferrocarriles para favorecer sus negocios, aplastaron a pequeños y medianos competidores hasta llegar a controlar el 91% de la industria de la refinería a finales de los 1880s. Fueron dos de los más reconocidos barones ladrones (robber barons).

En el escritorio de Flagler estaba escrita la frase “Hazle a los demás lo que ellos te harían, y hazlo primero”, que es una sátira del famoso versículo de Mateo 7:12: “Trata a otros como quieres que te traten a ti.”

Flagler, el pionero, viajó a la Florida varias veces en los 1880s y se propuso hacer de San Agustín un retiro de lujo para la alta sociedad. Siguiendo la tradición megalomaníaca de los grandes industrialistas, puso su fortuna en función de hacer del sur de la Florida su imperio.

La influencia de Flagler en la política y la prensa del estado sureño fue desmedida. Al estilo de Enrique VIII, logró cambiar las leyes de matrimonio con el propósito de divorciarse de su esposa, a quien declararon demente. Esta ley, apodada ley matrimonial de Flagler, aún está vigente y admite el divorcio si uno de los esposos es declarado enfermo mental, aunque este no esté de acuerdo.

Flagler también contribuyó al desarrollo social de la zona, financió algunas escuelas en barrios afroamericanos segregados e invirtió en parques y espacios públicos. Expandió el ferrocarril hasta los cayos, lo cual resultó en un fracaso pues la zona no llegó a convertirse en el centro industrial que deseaba debido a su geografía. El sur de la Florida seguía siendo un paraíso natural, un pantano indomable donde construir las fábricas, casas y edificios con las que él soñaba era imposible.

Antes de Flagler, otros industrialistas ya habían intentado convertir al sur de la Florida en una metrópolis y trataron de secar sus ríos, lagos y pantanos. Disston, dueño de un imperio aserradero en Filadelfia, dilapidó su fortuna tratando de secar los Everglades y fracasó de tal manera que terminó en el suicidio.

No fue hasta décadas después, con la inversión del gobierno, que se destruyó más del 50% del paraíso natural, se produjo la extinción o la reducción alarmante de especies, como la pantera de la Florida, y ocurrieron otras catástrofes medioambientales como la contaminación de las aguas a través de los desechos de la industria azucarera.

Ya el gobierno norteamericano había logrado la exterminación de pueblos originarios del estado, como los Calusa, y después, los Seminoles, que se habían asentado en la zona escapando del asedio de las campañas de Andrew Jackson, general y luego presidente de Estados Unidos, famoso por liderar el exterminio de los nativos a través del territorio nacional.

La Florida era la última frontera por desarrollar en Estados Unidos. Fue gracias al trabajo del Cuerpo de Ingenieros del Gobierno, subsidiados por los contribuyentes, que se construyeron los canales y los diques que secaron la tierra y abrieron paso al crecimiento de la población y la economía.

A mediados del siglo XIX, muchas propuestas de intervención de planeamiento estatal para las ciudades del territorio fueron tildadas de comunistas y rechazadas. En parte debido a esto tenemos una ciudad que, aunque rica en cultura y diversidad, está esparcida de forma urbana, con carreteras y peajes que le rompen los bolsillos a cualquier trabajador. Mientras tanto, muchos inversionistas y corporaciones influyentes recibieron subsidios en tierras e impuestos para desarrollarse.

A pesar de su controversial historia, la Florida es el hogar de millones de familias de orígenes diversos, sirve de refugio para comunidades emigrantes que escapan de regímenes opresores, como es el caso de los salvadoreños, haitianos, venezolanos y cubanos. Su gente goza de oportunidades económicas, la posibilidad de abrir negocios y de libertades sociales.

La Florida es también un estado difícil para el trabajador y para las pequeñas empresas. Los sindicatos escasean, el salario mínimo es de $8.56 la hora, los índices de pobreza y la falta de acceso a cuidados de salud son mayores que en el resto del país. A pesar de todo esto, el estado continúa cultivando la vernación a la figura del gran empresario exitoso. Quizás porque es más fácil el culto a una persona que a una institución; el sueño de alguna vez ser tan poderoso como ese individuo que te lidera o el sentirse protegido por un gran salvador puede ser parte de la naturaleza humana.

En el 2016 los ciudadanos de la Florida votaron por un presidente que prefiere bajarles los impuestos a las grandes corporaciones en lugar de a los ciudadanos, favoreciendo la expansión de las riquezas de billonarios sobre la de los trabajares y los pequeños y medianos emprendedores. Sin ganancias extras se hace más difícil para los obreros y ciudadanos comunes abrir una empresa, comprar un carro de venta de comida o un camión de construcción.

Otra parte de la narrativa que motiva a las personas a votar en contra de sus propios intereses es el culto al corporativismo y el rechazo a las contribuciones del gobierno. Lo irónico es que mayormente gracias al gobierno tenemos un pueblo en el sur de la Florida. También fue este el cual generó las grandes industrias que forman la economía contemporánea, desarrolló el internet y financió el descubrimiento del código genético, lo cual ha dado paso a incontables tratamientos nuevos para enfermedades. El gobierno estadounidense también creo las bases tecnológicas que se usan para extraer petróleo hoy en día y subsidió la creación de la ciencia detrás de la energía solar.

El gobierno puede ser inefectivo en muchos casos, pero no hay pruebas de que una gran corporación o una figura como la de Henry Flagler sea mejor o peor para el pueblo. Lo único real es que se necesita un balance entre ambos. La corrupción viene de ambos lados, y para ajustar este balance está la democracia. Mientras más pequeños negocios existan, mientras más riqueza quede en las manos del ciudadano común, menos podrán las grandes corporaciones y el gobierno dominarnos.

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