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¿Noviembre checo en La Habana? El 27N y otros paralelos

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Yimi Kon Klaze cantando frente al Ministerio de Cultura para la multitud. 27 de noviembre de 2020. Foto: Reynier Leyva Novo

1968 fue el año en que Fidel Castro se opuso a la “vía checoslovaca al socialismo”, más conocida como Primavera de Praga, y apoyó la intervención soviética en aquel país. Era el momento en que también en varios países occidentales los jóvenes intentaban poner en práctica su versión del humanismo de Erich Fromm.

Desde La Habana, el entonces Primer Ministro enviaba un doble mensaje tanto a Moscú como a Cuba: el distanciamiento teórico de su gobierno hacia la URSS tenía un límite y estaba dispuesto a entrar en la órbita soviética manteniendo cierta independencia de los moldes neo-estalinistas del momento: como la separación de poderes entre el secretario del partido y el jefe del gobierno (ausente en Cuba entre 1965 y 2018), o el uso del cálculo económico en un sistema donde predominaba la propiedad estatal.

Lo que quedaba descartado era cualquier pluralidad de ideas, incluso dentro de los que aceptaban el socialismo (el resto de las tendencias habían sido suprimidas en 1960 cuando se cerraron los principales periódicos). Esto se establecía así desde aquel año, pese a que en la Universidad de La Habana se enseñara a Marcuse y otros pensadores a los que actualmente se les suele señalar como parte del “marxismo cultural” y se difundieran sus ideas en la revista Pensamiento Crítico.

De manera que, como han señalado ya varios escritores y ensayistas, a partir de ese año se pierde la posibilidad de haber tenido en Cuba el equivalente a un referente de apertura pluralista desde el poder. Sin aquel precedente no puede explicarse lo que ocurrió en Checoslovaquia en noviembre de 1989, cuando una gran manifestación estudiantil lograría diez días más tarde que el parlamento de tipo soviético eliminara el carácter hegemónico del Partido Comunista sobre el Estado y las instituciones del país centroeuropeo. Se produjo entonces una confluencia entre Alexander Dubcek, aquel promotor del “socialismo con rostro humano” desde el Partido Comunista, con Vaclav Havel, que tenía un pensamiento más cercano al tradicional político europeo. Pudiera parecer entonces 1989 un momento casi mítico por su lejanía en el pasado, por su imposibilidad de retornar, pero puede seguir ofreciendo algunos interesantes derroteros para los acontecimientos del 27N.

Checoslovaquia fue uno de los pocos países donde el cambio vino de los intelectuales. En el caso de Polonia, fueron los obreros y la Iglesia católica los que lo llevaron a término. En Cuba apenas existe lo que tradicionalmente se conoce como “clase obrera”, que agrupara tradicionalmente a los trabajadores azucareros. Pese a una nueva diferencia con la Polonia de 1980 está en que Cuba, aunque era un país en 1957 que se identificaba como católico —los protestantes y judíos eran una minoría muy pequeña—, tres décadas de ateísmo como política oficial y sus consecuencias, exilio y marginación incluidos, hicieron descender considerablemente la cifra de católicos en Cuba. Hoy la Iglesia católica es un poco más fuerte que en 1993 cuando publicó El amor todo lo espera, pero su influencia social, a mi juicio, es mucho menor. De ahí que, si me fuera inclinar por alguna analogía con el este-europeo, no lo haría por Polonia o por las otrora imperiales Rusia y Hungría, sino por Checoslovaquia.

Hay quien considerar que estas analogías no tienen sentido y se han buscado paralelos con la transición española, tal es el criterio de Carlos A. Montaner, Rafael Rojas  y Emilio Ichikawa, quien hasta se aventuró a establecer comparaciones con la Grecia del periodo helenístico. Por eso me tomo la licencia especulativa de trazar este paralelo, más teniendo en cuenta que probablemente en 1958 la renta per cápita de Cuba era equivalente o superior a la de aquel país. Salvándose la diferencia de que la Checoslovaquia neo-estalinista nunca tuvo una crisis y niveles de pobreza como la que se vive hoy en Cuba, pueden señalarse algunas semejanzas.

Checoslovaquia y Cuba obtuvieron su independencia a partir de un tratado entre potencias, incluso en el mismo lugar, París y Versalles respectivamente, con menos de veinte años de diferencia, y ambas fueron consideradas provincias de un imperio que alguna vez estuvo unido bajo los Habsburgo. El primer presidente de Checoslovaquia fue un escritor ilustre y el de Cuba un maestro, Masaryk y Estrada Palma, respectivamente; el vicepresidente de uno de aquellos gobiernos republicanos fue un ensayista de vasta cultura filosófica, Varona, y el origen de la Republica está en un poeta, Martí. Checoslovaquia sería entregada dos veces a voraces potencias, Alemania y la URSS, por dos tratados firmados en Múnich y Yalta, que pretendían obtener la paz. En 1962, Cuba estaría en medio de una negociación entre dos potencias para mantenerla en la frontera de sus respectivas esferas de influencia. No es de extrañar entonces que el mayor peso en la “revolución de terciopelo” lo tuvieran los intelectuales y su alianza con los estudiantes y los sectores reformistas dentro del Partido Comunista.

Al ver lo ocurrido hace semanas en La Habana, donde trescientas personas se congregaron frente a la sede del Ministerio de Cultura, recordé mi juventud en la universidad. Aquel año 1999 donde, a raíz de la aprobación de una ley muy restrictiva sobre los derechos de expresión y prensa, el descontento fue visible entre los estudiantes. Era el momento en que se consumó el ascenso a la presidencia de Hassan Pérez en la Colina Universitaria —nunca obtuvo la presidencia de la FEU de su facultad—, momento en el que por varios meses pertenecí al hoy desaparecido Movimiento Estudiantil Católico Universitario, donde por primera vez escuché sin la mediación de la radio extranjera (era muy escaso el acceso a internet), en un pequeño espacio de reunión, sobre el Proyecto Varela.

Aquel ambiente, sin embargo, distaba mucho de lo que ahora puede verse. Han pasado veinte años, dos congresos del Partido Comunista con promesas de reforma donde la élite política parecía inclinarse por su discurso, hacia el “socialismo de mercado”. Luego esto se ha negado en la práctica con estos meses de requisa que recuerdan más bien al “comunismo de guerra” que a la NEP ¿Era este el “leninismo desconocido” que reivindicaba Fernando Rojas en el 2002? [i]. Este giro en el discurso oficial hacia algunos países asiáticos ocurre mientras se presenta como referente para movimientos sociales en América Latina.

En medio de estos pensamientos, con el recuerdo de Katherine Bisquet leyendo su pliego de demandas, reviso la lista de miembros del Consejo de Estado y solo hallo dos intelectuales: un periodista y un historiador. Teniendo en cuenta el peso que estos tuvieron en aquel  movimiento checo, me pregunto si los intelectuales podrán encontrar un espacio para la libertad de expresión en un país donde todavía en 1998 era posible escuchar en la Asamblea Nacional un discurso que calificaba de “contrarrevolucionario” un filme de Tomás Gutiérrez Alea, y donde hasta el 2007 no se pudo estrenar Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat. Hace pocos años se difundió como un gran logro la publicación de 1984, pero ni soñar con Rebelión en la granja o La rebelión de las masas.

Hasta ahora han sido iglesias, intelectuales, sobre todo periodistas, cineastas y artistas, así como también movimientos basados en algunas  ideas de aquel 1968 que cambió a Occidente, quienes han buscado sus espacios propios y se han resistido a ser absorbidos por una ideología cada vez más ecléctica y difícil de armonizar.

Al menos estos jóvenes saben que socialismo -en su sentido leninista o estalinista, poco viene al caso ahora a quien endilgar la responsabilidad–y libertad de expresión sólo han efímeramente coexistido en más de un siglo; pero prefieren ignorar las experiencias del pasado y reclamar desde las instituciones a las que pertenecen con lo que una vez denominé “ingenuidad consciente”. Por otra parte, el uso por los medios de difusión del argumento para negarse al diálogo, de estar frente a un enemigo voraz y ser una plaza sitiada; harían sonreír a cualquier checo de aquellos años cuando su país pertenecía al Pacto de Varsovia en plena carrera de rearme nuclear.

La diferencia, sin embargo, entre aquella experiencia centroeuropea y lo ocurrido el 27 de noviembre, entre obtener un privilegio o un “fuero” —utilizando el viejo vocablo castellano— para una clase (o un grupo dentro de ésta) y una auténtica reforma que haga salir a la sociedad cubana de su pesada herencia soviética; pasa por la solidaridad. El cierre de la posibilidad de diálogo con el numeroso grupo de jóvenes intelectuales disconformes -y otros menos jóvenes que los han apoyado a través de manifiestos o declaraciones-para los cuáles la libertad de expresión, incluso de algo más básico, de crítica, es una necesidad; indica, que pese a los paralelos que he intentado aquí, lo ocurrido frente a la mansión que ocupa el MINCULT dista bastante de aquella primavera centroeuropea o de su epílogo de 1989.

 

[i] De lo efímero, lo temporal y lo permanente. Vivir y pensar en Cuba. 16 ensayistas cubanos nacidos con la Revolución reflexionan sobre el destino del país. Centro de Estudios Martianos. La Habana, 2002.

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Nací en 1977. Profesor de Historia de la Filosofía durante cinco años en la Universidad de La Habana y el Instituto Superior de Arte. Profesor de Filosofía en el Miami Dade College desde el 2014. Estudiante de Literatura Hispanoamericana en la Florida International University. Exiliado desde 2010.

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