Donald y el truco para robarse unas elecciones

Trump consiguió alinear a personas claves y manejar la opinión pública dentro de dos acontecimientos que, con seguridad, podían haber hundido a cualquier otro presidente: la investigación del fiscal especial Robert Muller y el juicio político de enero de 2020. Lo conseguido en ambos casos fue, practicamente, un acto de prestidigitación política como pocos. El próximo es la sobre escritura del voto popular en las elecciones generales. Lograr que sea la Corte Suprema quien determine el restultado y que este sea a favor de Donald Trump, sin respeto por cualquiera que haya sido el voto de los estadounidenses. ¿Podrá conseguirlo?

 

Durante el proceso de juicio político a Donald Trump en Enero de 2020, se reportó que el presidente llamaba alrededor de dos veces diarias a Mitch McConnell, líder de la mayoría republicana en el senado. Trump estaba desesperado por mantener los votos a su favor imponiendo la disciplina partidista: cuando eres republicano, votas a favor de tu presidente. Trump había presionado a un gobierno aliado y vulnerable, Ucrania, utilizando la casa, el poder y el prestigio de todos los estadounidenses y con el propósito de obtener una ventaja ilegítima contra nosotros mismos en pos de las elecciones. Esto pareció un inconveniente menor al partido. Mitch cumplió su papel y únicamente el senador republicano Mitt Romney declaró al presidente “culpable” en uno de los dos crímenes políticos que se le imputaron. Romney era insuficiente y la coreografía no fue sutil, pero funcionó de manera perfecta, Trump tuvo su titular de “no culpable” posterior al juicio político. 

No era la primera vez que le resultaba de maravillas. Meses antes, había conseguido desvirtuar la investigación y los resultados públicos del trabajo del fiscal especial Robert Muller. Su entonces recientemente nombrado fiscal general, William Barr, se atribuyó la potestad de “exculpar” al presidente del crimen de “obstrucción de justicia” frente a las cámaras de la nación y, por supuesto, resaltar que no se había encontrado evidencia de alguna “conspiración” con los rusos. El informe de Muller sólo se entregó a la prensa un mes después, cuando ya la caracterización de hombre “inocente” había pasado por cuatro semanas de ciclos noticiosos y reposaba en el inconsciente colectivo… difícil de cuestionar. 

Este aterrizaje forzoso que logró William Bar, en favor de su presidente, fue un acto magistral y profundamente anti-democrático, pero después conocimos que se trataba apenas de la última pieza del dominó. Supimos que Robert Muller había sido instruido por el ex- ayudante del fiscal general, Rod Rosenstein, a no investigar las finanzas de Trump. Era como investigar un asesinato sin poder cuestionarse las motivaciones.

Cada reportero investigativo de este país, cada organización de la sociedad civil, cada ciudadano, estaba confiado de que se estaba realizando una investigación seria. Todos comprendemos que el hilo conductor para colaborar con los oligarcas rusos es inevitablemente el lazo financiero. Müller y Rosenstein habían logrado mantener oculta de la opinión pública esta atrofia fundamental en el proceso investigativo: que les habían prohibido seguir el rastro del dinero. El presidente no fue siquiera obligado a testificar en persona. La investigación en que tantos estadounidenses sentaron sus esperanzas, era apenas un producto dietético, una fachada sin demasiada seriedad que estaba condenada a no dar frutos.

Un reporte del senado de Agosto de 2020, reconoció después que el jefe de campaña de Trump, Paul Manafort, había entregado información estadística sobre la campaña a un operativo de los servicios de inteligencia rusos, quienes, como es de esperar, pudieron utilizar esta información para consolidar su ataque informático al proceso electoral estadounidense. Robert Muller no alcanzó a establecer este vínculo en su reporte, lo cual muestra cuán poco determinado estaba el Departamento de Justicia que lo rectoraba.

Trump tiene ahora frente a sí un reto similar, aunque mucho más complejo que los dos anteriores. La semana pasada The Atlantic reportaba que su estrategia para sobreescribir el resultado de las elecciones populares, e imponerse como triunfador, es crear el caos y la desconfianza en los resultados de las votaciones por correo (algo que viene promoviendo hace meses) y coordinar con las legislaturas de estados claves y dominadas por los republicanos, tales como Arizona o Florida, para que desconozcan los resultados de la votación popular y sean ellos quienes escojan a los “electores” que irán al congreso a confirmar la “elección” de su estado. Estos electores serían instruidos a votar por Trump. Por supuesto, esto será una batalla legal que Trump espera llevar hasta la Corte Suprema, donde confía haber nominado para ese entonces a un tercer juez y utilizar la super-mayoría conservadora, para triunfar a expensas de la voluntad del pueblo. 

Durante el juicio político Trump sólo necesitó que McConnell mantuviera a un puñado de senadores vulnerables en línea; durante la investigación de Muller, que el fiscal especial y el ayudante de fiscal general Rod Rosenstein, mantuvieran en secreto la prohibición a no investigar las finanzas; y también que William Barr después impusiera sus propias conclusiones. Esta vez le costará un poco más al maestro prestidigitador para socavar unas elecciones presidenciales. Trump necesita convencer al liderazgo de las asambleas estatales republicanas, que deben desconocer el resultado de las votaciones populares en sus propios estados y que, si posteriormente alguna investigación les cuestiona lo acontecido, él estará allí para defenderlos. También debe convencer al pueblo estadounidense de que esta crónica de un fraude anunciado, tiene algún trapo de decencia o legitimidad, sin que los estadounidenses se lancen a las calles a votar con su presencia. También necesita que la Corte Suprema le ofrezca personalmente el triunfo. Este acto de prestidigitación necesitará que el partido republicano haya prácticamente abdicado de la democracia en los Estados Unidos.

No es tan difícil como quisiéramos pensar… Ambos casos, el juicio político y la investigación del fiscal especial, muestran cómo se impuso la lógica dictatorial y no necesariamente la transparencia democrática. Confiar en que, a estas alturas, los aliados de Trump tienen algún respeto por el “poder del pueblo”, creo que es  afirmar demasiado

Trump puede conseguirlo, ha demostrado sortear retos prácticamente imposibles, tales como los que hemos enumerado, para no contar su victoria electoral en el 2016. Robarse unas elecciones es un acto de naturaleza mucho más grave, pero su única forma de consolidar los resultados es hacer inefectivos los poderes que compiten con él y, tal vez, ese puede que sea su próximo y terrible acto de magia ¿Seremos los estadounidenses, en suficiente cantidad, capaces de ver el truco en su ejecución y detenerlo a tiempo…? 

No estoy tan seguro…, pero prometo llevar la contienda hasta el final.

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